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Dar la torra

 

JAVIER TOMÉ
07/10/2018

Para desgracia de la paz pública, ahí sigue la perpetua e insoportable matraca de la cuestión catalana,
una suma de frivolidades, mentiras, engaños colectivos y cierto infantilismo impropio de las sociedades maduras. Utilizando una fachada de retórica cada vez más exaltada, el independentismo rampante sigue empeñado en la recuperación sentimental de lo que nunca existió, incluyendo en el lote la invención
de grandes hitos democráticos universales de cosecha propia que con delirantes argumentos retrasan en el calendario hasta el año setecientos y pico. Todo un homenaje a la comedia que, de puro cómico, tiene ecos de Paco Martínez Soria, ya que lo cierto es que no se puede empezar el credo a partir de Poncio Pilatos. La primera obligación de la clase política debería ser garantizar el bienestar de los ciudadanos, pues resulta evidente que Cataluña sobreviven ve en una suerte de economía con respiración
asistida —por el odiado Estado, claro—. Algo que no parece importar en demasía a los mesías del pueblo elegido: Puigmamón, ídolo de masas a distancia, y el ínclito Quim Torra, afectado por un ataque de tipo demoníaco.

Obtuso por determinación genética, ha apostado definitivamente por la bronca y el jaleo, añadiendo aún más electricidad a la ya recargada tensión ambiental. Es más fácil lidiar a un pillo que a un lelo, así que tenemos enredos filibusteros para rato con puñales que vuelan entre unos y otros, alentados por una épica de baratillo responsable de crear una situación más complicada que ejecutar bien el achique de espacios. Pese a que por la vía de los hechos se ha ido aguando el vino excluyente e identitario, la papilla de embustes y demagogias ha cogido cuerpo, bien macerada por todo tipo de mártires y rufianes. Los que corean por las calles aquello de «El pueblo manda y el Govern» obedece», adaptación a nuestros días del lema nazi: «Hitler manda y el pueblo obedece». Tamaños disparates provocan repeluzno, pero ya lo explico Walter Kerr: «La mitad del mundo está compuesta por tontos. Y los otros, son gente lo suficientemente lista como aprovecharse de ello».






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