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NUBES Y CLAROS

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MARÍA J. MUÑIZ
01/12/2018

Santa Bárbara llega con la velita de la mina agonizando, aunque seguro que con ganas de que truene de lo lindo. Sobre todo frente administraciones y sindicatos de la cosa, que ya no disimulan que ante el barco que se hunde entre la indiferencia general sólo cabe escenificar golpes de pecho para sacar el rédito de imagen que se pueda, mientras se salta a tiempo con el botín que se haya podido rascar. El fin, con terrible, no es lo más grave. Pasó el tiempo de las afrentas y los incumplimientos flagrantes (que reclame el que tenga los argumentos). No hay marcha atrás.

Pero existe un futuro en el que volcarse, y herramientas a las que las cuencas deben asirse. Tanto mirarse el ombligo entre lágrimas egoístas (en el cortoplacismo del calendario prejubilatorio y electoral) aísla con estúpido desdén un escenario que ya no cuenta con la minería como hemos pretendido perpetuarla, pero que ni mucho menos deja su herencia en el olvido y el abandono.

Para empezar, el marco de transición justa de la minería del carbón, al que los sindicatos abrazaron con entusiasmo sin precedentes y la exigua patronal minera arropó sin haber sido parte del trato, establece nuevos compromisos de apoyo a las comarcas a medio plazo, tanto en establecimiento de proyectos empresariales como de infraestructuras. Lamentar que lo pasado no se cumplió sólo debería servir para exigir aquello, más esto. Ahí es donde los partidos políticos deben estructurar un argumento reivindicativo común, en el que tendrían que contar con el respaldo, también de movilización si es que les queda, de los sindicatos mineros. Si los ex trabajadores sólo cogen lo que se les brinda y se sacuden las sandalias al salir del pueblo camino de su futuro asegurado, la historia debe rebajar muchos puntos el mito de lucha laboral y social del colectivo.

Ahora la Comisión Europea pone límite histórico al carbón. Sorprende que esta tierra, que tanto tiene aún que intentar arañar de la financiación para clausurar las cuencas, no se haya tomado la molestia de analizar el documento, en el que un amplio apartado se vuelca en el compromiso social y en un millonario escenario de ayudas «para no dejar a nadie atrás».

Duele sospechar que el cortoplacismo laboral y de rédito político local es el que deja a su suerte a nuestras comarcas mineras. La indolencia es demoledora. La oportunidad está ahí. Dejarla escapar, ahora que aún hay tiempo, es culpa de todos.

   
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