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TRIBUNA

Un día de vendimia por tierras zamoranas

Manuel Arias Blanco profesor jubilado de secundaria
17/01/2017

 

Como antaño, hace unas semanas me invitaron a vendimiar y me lo pasé pipa. Enseguida me vinieron a la memoria aquellos primeros años de la infancia cuando salías de casa apenas amanecía y marchabas a vendimiar. Llevabas una pequeña cesta para traerla llena de uvas y unas ganas inéditas de encontrarte con la viña.

Cada cual va vestido para la faena con la ropa más acorde, tirando a vieja o poco útil para la vida normal. Ya se sabe a qué se expone uno cuando se enfrenta a labores agrícolas muy adheridas al terreno. Tras los breves saludos más o menos efusivos, crece la impaciencia por llegar al lugar de la tarea. Ya hay gente que prepara los enseres propios de una vendimia de índole casera. En este caso, todo es muy sencillo porque se trata de vendimiar unas pocas jaulas que den el vino suficiente para el consumo del amo, Tomás, y de sus amigos. Unos coches, unas jaulas y unas navajas —antaño tranchetes o trinchetes— son los valedores para afrontar tal acto. El agua corre por doquier para desempolvar las piezas muertas quizás desde la temporada pasada. Conviene que la higiene sea el estandarte primordial para que el vino salga sano y fortalecido.

Algunos marchamos andando hasta los viñedos o barcillares, a las afueras del pueblo, Granucillo. Apenas dos kilómetros de paseo nos ponen enfrente de la suerte. Al poco, llegan las jaulas y las navajas y nos ponemos manos a la obra con cierta disciplina. Solo hay que hacer dos apartados para recoger la uva: en unas jaulas va la uva negra, tinta del país, y en otras, la uva blanca y la garnacha rosada. El amo hará con esta combinación el vino tinto y el blanco. Nos ponemos de dos en dos para ir cortando la uva y para ir retirando las jaulas una vez llenas. El orden no es muy estricto, porque no lo exige el guion y entre risas y pequeños escarceos de cántico van pasando las horas. Hay que agacharse y se agradece cuando se llena la jaula. Un breve respiro para estirarse y mirar al horizonte. De vez en cuando algún bocado al racimo nos hermana aún más con la tierra. No parece un año de mucha uva, aunque se ve que está sana y madura. Hay cepas muy ralas y racimos comidos por los pájaros. De cuando en cuando una exuberante cepa te anima y reconforta. Y acaba la recogida con cierto cansancio y la satisfacción del deber cumplido. Ha pasado la mañana y casi todo está hecho. Es hora de retirarse a la casa a reponer fuerzas. Cuando era niño recuerdo que se comía en el propio campo, a la sombra del carro y a rancho, quizá porque la casa estaba lejos y quedaba mucho tajo para la tarde. La uva, que asomaba en los carriegos, estaba impaciente por llegar a la bodega cuanto antes. No había tiempo que perder más que el imprescindible. Antes, cuando las cuadrillas llenaban de bullicio las viñas, se daban las lagaretas, es decir, se embadurnaban con uva tinta unos a otros de manera indiscriminada.

Viene el aperitivo. Un ligero lavado de manos y el vino y las tapas iban y venían con absoluto descontrol. El ruido en el portal de la casa era de órdago. El dueño de la casa estaba ya con las faenas propias del vino: despalillar el racimo, trasladar la uva a la prensa, trasegar el mosto al depósito de fermentación, etc. Luego probamos el mosto, se midió el grado del líquido, se metió en un saco una porción de uvas despalilladas para madre —que es lo que le da el color— y nos fuimos a comer.

La comida fue el alto más festivo. No solo estábamos los vendimiadores, sino que la mesa era larga y risueña. Estaban las mujeres que habían preparado la comida —la retaguardia imprescindible—, los que se añadían por amistad o compromiso y algún que otro niño. Todo estaba exquisito: ensaladilla, churrasco, buen vino, tartas, café, orujo… Y los dimes y diretes con quienes estaban a un lado y a otro. Nadie dejaba aflorar el más leve síntoma de malestar en ese momento de plena concordia.

La tarde fue más leve. Vendimiamos unas pocas jaulas más para completar el pronóstico del amo y se fue prensando lentamente la uva despalillada. Corría el mosto con avidez. Parecía mentira que saliera tanto zumo de esas pequeñas hormigas negras desvencijadas. Y después supimos que empezaba a fermentar el líquido para estupor y alegría del señor de las viñas. Estaba en camino otra cosecha y esperaba el milagro de un vino acorde con los mimos recibidos.

No faltó la visita a la bodega al atardecer. Allí bebimos un refrescante vino blanco verdejo que aligeró el paladar y nos hizo comunicativos durante un buen rato. Las cubas y las botellas rompían la penumbra de una cueva bajo tierra. Finalmente, el amo, Tomás, nos regaló vino y aguardiente para que los disfrutáramos en casa. Mereció la pena vivir intensa e infantilmente esta nueva y vieja experiencia.

 

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