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Dispersión

 

MARINERO DE RÍO EMILIO GANCEDO
05/03/2018

Es el arma de nuestro tiempo. Una herramienta de control poderosa, ecuménica, tentacular. Y hasta épocas recientes, inaplicable. Hoy es norma y cotidianeidad, la misma pecera en la que boqueamos absortos. Vivimos en la edad de oro de la dispersión, los años más fulgentes del desperdigamiento. Y vivimos inmersos en ella sin darnos apenas cuenta del portentoso efecto que eso, la multitarea, ejerce sobre nosotros.

Me atrevo a decir que, antaño, ni la más ocupada de las personas ocupadas debía hacer frente a la cantidad, variedad y profusión de labores, grandes y pequeñas, minúsculas o vitales, que tiene que abordar hasta el último don nadie de nuestras sociedades. El visir de un sultanato otomano, acostumbrado a manejar ejércitos de miles de hombres y a invadir países como si tal cosa, palidecería de angustia y le temblarían las manos si lo trajésemos al presente y lo pusiéramos un solo día, un día normal, a sacar adelante la mixtura de tareas domésticas, laborales, a tiempo completo o a tiempo parcial, que hemos de resolver prácticamente todos al cabo de la jornada.

No afirmo que trabajemos más que antes, ni mucho menos. Pero sí que nunca como ahora hemos sido víctimas de tal multitud de necesidades creadas, vicios impuestos y expectativas ficticias. De las mil mandangas electrónicas que enmarañan nuestro caminar a unos trabajos parecidos a aquellas navajas suizas de mil usos, pasando por una exposición social carente de intimidad como no la ha habido nunca, todo nos empuja a la dispersión, a la imposibilidad de fijar la atención en un punto concreto. Quizá porque ya no hay puntos concretos. Sólo magma.

Dicen los expertos que uno de los grandes problemas de la infancia actual es ese déficit de atención. No es una dificultad sólo propia de los niños. Todos, cada vez más, nos deslizamos a golpe de impacto, de noticia, de ocurrencia o de moda fugaz. Somos dianas, tiro al pichón, quienes apuntan son los colosos de la economía y del entretenimiento; no pienses, ríe o llora, pero sobre todo, gasta.

A las gallinas, en las granjas industriales, se les somete a todo tipo de técnicas para que no dejen de poner huevos. Nosotros, como ellas, nos miramos y nos obsesionamos pensando en que el maíz del compañero parece tener mejor pinta.

   
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