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La liebre

Ellas

 

ÁLVARO CABALLERO
11/03/2018

Soy machista en la medida de lo posible. Hasta donde me doy cuenta. Creía que no, pero me encontré de frente el jueves con los estereotipos que repito de manera inconsciente, ahí donde se cuece el comportamiento aprendido y se enciende el piloto automático de los roles. No lo piensas y, de repente, saltan, como un reflejo imperceptible hasta que te ponen el espejo delante. Pasó a última hora de la tarde, descorrida en un crepúsculo tan morado que al mirarme en un escaparate me mostró que me había puesto rojo. Rojo por no atender cuando explican que les da miedo ir solas para casa por si las violan. Rojo por la brecha salarial que desnudan sus nóminas mensuales en contraste con las nuestras. Rojo porque conciliación suena a nombre de mujer, como asunción de responsabilidades de cuidados de los mayores y dependientes, pero a nosotros nos vale con presumir de que ayudamos en casa. Rojo porque el cristal de su techo era translúcido pero ponía cara de no escuchar lo que gritaban desde dentro. Rojo por haber pensado alguna vez que el mérito de un cargo venía dado por a quién se la había chupado la ascendida. Rojo por ignorar que, cuando se parte de una situación de desventaja, la igualdad de oportunidades no es sólo dejar que se vaya a la misma velocidad, sino que se posibiliten las condiciones para llegar a la misma altura. Rojo por justificarme con argumentos biológicos y de determinismo antropológico cuando intentan que comprenda cómo hacemos que se sientan. Rojo por entronizar su papel de madres y luego, como en la costumbre de la ‘covada’, refugiarnos en la cama mientras sacrifican su desarrollo profesional. Rojo por el efecto de un movimiento que tiene el reto de que la redistribución llegue a los núcleos rurales y a las capas más bajas de la sociedad, en las que no está el foco. Rojo por ver pasar desde la acera un mar violeta formado por olas incesantes de jubiladas, trabajadoras, paradas, ricas, pobres, amas de casa, jóvenes y niñas que me intentaban explicar que no querían ser como yo, sino como ellas mismas decidan.

Me di cuenta al despertar el viernes y verme en los ojos de Inés. No se trata de que tengamos que dejar de ser machistas. Es que no vamos a poder serlo más. Eso, tampoco podremos apuntarlo como mérito propio, sino de las tres armas con las que las mujeres han tomado consciencia de su valor: la humildad, el orgullo y la fortaleza del pronombre de la tercera persona, femenino, plural: Ellas.

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2 Comentarios
02

Por alfonsojo 16:35 - 12.03.2018

Siento decir que las personas mas machistas que he conocido, eran mujeres.

01

Por PREPAL 12:56 - 11.03.2018

Además de lo dicho,¡y bién dicho!, ¿ acaso no tendríamos que estar "rojos" también, por que a las mujeres de Sa Za Le, no se les deja ser, desde el PACTO UCD PSOE del 31-7-1981, y por mandato imperativo, solo ciudadanas regionales leonesas (por ende ciudadanas españolas y europeas) a plenitud constitucional y a sus hijos (nuestros hijos), no les dejan ostentar el gentilicio regional, como leoneses de nacencia, de sus madres y abuelas? ¡¡¡ adelante ciudadanas regionales leonesas!!! Francisco Iglesias Carreño Presidente PREPAL. @PREPALSZL prepal@gmail.com