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SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?

La época de la incertidumbre


11/01/2018

 

Hasta no hace mucho tiempo a medida que envejecíamos las dudas e inseguridades desaparecían al ritmo que cumplíamos años. Era un proceso natural y normal que las personas dejaran de lado sus preocupaciones que tanto habían condicionado su vida. Todo se reducía a pensar que ya habíamos cumplido con nuestra forma de ser llena de proyectos, objetivos, sueños, pesares y consecuentemente incertidumbres.

Llegar a la vejez se convertía en una especie de limbo donde dejar atrás una vida y empezar otra donde los años y la experiencia nos permitían afrontar lo que nos quedaba de vida con cierta tranquilidad de espíritu. Esa tranquilidad venía dada fundamentalmente por una seguridad económica procedente del cobro de las pensiones y una seguridad afectiva que procedía de la familia y de los amigos.

Este proceso se ha invertido y en vez de caminar con el paso de los años hacia la certeza y tranquilidad, vemos como cada vez más personas que entran en vejez siente un temor ante el futuro inmediato que les resta por vivir. Este temor también se puede identificar de forma clara. Los anclajes que nos permitían sentirnos seguros han desaparecido.

El temor a no poder recibir la pensión se ha implantado de forma generalizada, no solo entre los ancianos, sino también entre aquellos que se ven dentro de unos años en su situación. La última crisis económica ha hecho nacer y crecer un sentimiento de desprotección en los cada vez más numerosos pensionistas.

Pero, si esto es de por sí grave tanto más lo es el hecho de que los soportes personales, familiares y de relaciones con otras personas, se están diluyendo como un azucarillo en el café. Nuestra sociedad ha perdido la afinidad por los ancianos. Los hijos no prestamos suficiente atención y cuidado a nuestros padres. La familia tradicional está desapareciendo como modelo básico de convivencia.

Además, la forma de interactuar de las personas está evolucionando hacia un protagonismo de la tecnología que la deshumaniza. Esto es más evidente en las nuevas generaciones. La tecnología ha suplido la convivencia cuerpo a cuerpo, la interacción directa de los adolescentes y jóvenes. Frente al partido de fútbol en la calle, improvisado, jugando amigos y desconocidos, las nuevas tecnologías permiten que grupos sociales interactúen de forma artificial. Esto no es bueno.

Las personas de la tercera edad carecen de recursos para poner a su disposición las nuevas tecnologías en muchos casos. No tienen las capacidades ni las inquietudes necesarias y si no se les ayuda y da soporte, su marginación en algunos años determinará de forma definitiva su calidad de vida.

Todo lo anterior se puede resumir como un proceso de aislamiento y limitación del ámbito vital de nuestros ancianos y de los que lo seremos en varias décadas. La incertidumbre económica unida a un impuesto autismo social y tecnológico progresivo de nuestros mayores, hacen de la vejez una nueva época de incertidumbre en nuestras vidas. Y esto no es justo. La vejez tiene la ventaja de adelantarnos a los más jóvenes el futuro al que caminamos si no le ponemos remedio.

Aislamiento que se traduce en ser objeto de delitos que ya se han incorporado a las vidas de las personas de la tercera edad de forma rutinaria. La posibilidad de defenderse frente a malos tratos, estafas o delitos contra la propiedad son mucho menores que entre las personas jóvenes. Todos los años las estadísticas nos ofrecen otro dato demoledor para nuestras conciencias. Es el referido a los ancianos que aparecen fallecidos en sus domicilios. Nadie estuvo pendiente de ellos hasta que alguien, en algún momento los echó en falta.

No hemos sido capaces de articular un sistema de solidaridad para paliar la soledad de los ancianos. Esto tiene su gravedad puesto que caminamos a pasos agigantados hacia una sociedad envejecida.

 

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