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TRIBUNA

Como es (era) una mina

Isidoro Álvarez Sacristán De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
02/01/2017

 

En días pasados y en este mismo Diario, se publicó un artículo titulado ‘Decidme cómo es un minero’, que lo firma Lorenzana Ordiz ‘Zana’. Bella prosa y buena factura literaria, que más parece escrito por un catedrático de Literatura que por un minero. Comienza rememorando al poeta Marcos Ana cuando preguntaba: «Decidme cómo es un árbol» —del que luego hablaremos— y sigue recordando los años boyantes de la minería leonesa sobre «…. los cartuchos de dinamita detonados al aire, le decían al pueblo que escondiera la penas, que guardase, bajo siete llaves, los hoscos silencios… y presentes llantos». Recuerdos del pasado que está unido «a una palabra que todo lo abarcaba: minero». Para Zana la minería es, ahora, un recuerdo, una añoranza, un orgullo de nacencia y de vivir al día, «amanecía un brillo silencioso y vibrante como si de un aullido no emitido se tratase». Eran otros tiempos, rememorados ahora con bellas palabras y nada más.

Siempre se ha hablado de la mina: en la literatura, en la poesía, en el teatro. Quizás la obra más llamativa sea Germinal de Emile Zola, le siguen numerosos autores españoles tales Carlos Mª Idigoras (Los hombres crecen bajo la tierra), López Pacheco; la novela sobre otra minería que no es el carbón, como la de Guerra Garrido (El año del Wolfram). En el campo de la poesía hay que citar a Neruda y la obra de Mario Ángel Marrodán (Antología de las minas) (cofundador con quien esto escribe de la Asociación Vasca del Amigos del Derecho). En el Teatro cabe citar a Casona (La dama del alba) a John Galsworthy (La huelga), o a Alfonso Sastre (Tierra roja). Expresiones literarias, todas ellas, que reflejan la realidad social, económica y de conflicto de la minería.

Lejos queda aquella extracción que se llevaba a los Altos Hornos de Vizcaya. Se dice que, a finales del siglo XIX se dudaba si instalar los altos hornos en la sede la cuenca minera y traer el hierro de Vizcaya o al revés, llevar el carbón a las minas de Vascongadas. Primó la construcción (1894) del ferrocarril denominado de La Robla, con 335 Kilómetros de recorrido hasta la bella estación de La Concordia en Bilbao. Dada la crisis de la siderurgia por decisión de la Unión Europea, ahora estaríamos en las mismas, crisis de una extracción mineral que arrastra a la otra.

No soy experto economía, pero es conocido que la minería tuvo su auge y esplendor en la época autárquica española y que. también, se sucedieron conflictos y huelgas que terminó con la derogación de la Ordenanza de Trabajo de la Minería de 1973 y se sustituye por una Laudo Arbitral de fecha 11 de marzo de 1996, que contienen las condiciones de trabajo sobre estructura profesional, estructura salarial, promoción y normas disciplinarias. Si bien es cierto que en aquellos años todavía trabajaban en la minería unas 45.000 personas, desde 1990 en adelante se llevaron a cabo —tano en los gobiernos del PSOE como en el del PP— planes de restructuración del carbón. En el periodo de 1990 a 2005 se redujo la plantilla en un 81,6%. En el periodo de 2006 a 2012 se pasó de 8.300 trabajadores a 5.300. El descenso de producción es acorde con el de trabajadores. Ya no estamos en los albores de la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en el año 1950, que fue el germen de la Comunidad Económica Europea , primero, y la Unión Europea, después.

De aquel germen, pasamos ahora a una norma de la Unión Europea, a saber: «Decisión del Consejo de 10 de Diciembre de 2010 relativa a las ayudas estatales destinadas a facilitar en cierre de minas de carbón no competitivas». Más claro agua. Se acabaron las minas.

Estamos ante la desaparición de una actividad y, por ende, una profesión. Esto no es nuevo en el siglo XX. Han desaparecido numerosas categorías, actividades o profesiones que, fundamentales en otras épocas, ahora han resultado inservibles. Podíamos poner muchos ejemplos, pero baste uno tan especial como la de radiotelegrafista, fundamental en la navegación aérea y marítima, ha desparecido del mundo del mercado laboral. Hemos de fijarnos en que la norma de la UE dice «minas no competitivas». Es una norma economicista, sin fijarse en la tradición, arraigo social, situaciones económico-familiares, etc. La pregunta surge enseguida, ¿no existen políticos con imaginación que puedan hacer competitiva la minería?

La cita con la cual arranca Zana comparando el poema de Marcos Ana con la de un minero y el árbol. No tiene mucha semejanza, porque el denominado poeta —que no figura en ninguna antología— se llamaba Sebastián Fernando Macarro Castillo y no fue encarcelado «por el solo hecho de ser comunistas». Según el expediente procesal 120.976 los motivos de la condena fueron por tomar parte directa en el asesinato de Marcial Plaza Delgado, Amadeo Martín Acuña, cartero, y Agustín Rosado Plaza, cura. Fue condenado a pena de muerte, conmutada por 30 años que no fue amnistiada en 1945 por tener delitos de sangre.

Rememoraremos la vida de la mina, montaremos bellos museos mineros como el de Sabero, abandonaremos las vías férreas, nos alejaremos de Bilbao (que por cierto han superado con inteligencia la desaparición de los Altos Hornos), y dejaremos morir lánguidamente los pueblos mineros, si no tenemos unos líderes que —lejos del politiqueo— sean capaces de dar una nueva vida al pueblo de los mineros que, como termina Zana, «su historia de lucha no se olvide». Alguien debe preguntarse científicamente. ¿Qué hemos de hacer para que el carbón sea competitivo como nos pide la UE?

 

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