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LA GAVETA

Esa pasión berciana

 

CÉSAR GAVELA
09/08/2015

El 200 aniversario del nacimiento de Enrique Gil y Carrasco también es la celebración de la literatura escrita en el Bierzo, o por autores bercianos. Literatura con aura y luz propias, con su misterio y arraigo, pero nacida, también, para ir lejos, para mezclarse con las otras obras, tanto las del resto de la nación como las de los autores americanos. Escribir en el Bierzo o por los bercianos, es hacerlo para Barcelona y Montevideo; para La Habana, Lima y Los Ángeles. Solo desde esa aspiración a la universalidad vale la pena intentarlo.

Gil y Carrasco representa mejor que nadie ese propósito, y ese logro, pero también muchos otros grandes creadores nacidos en el breve e infinito Bierzo. Es el caso de Ramón González-Alegre, aquel villafranquino que tanto se fundió con Galicia, en cuyo idioma también escribió. Algo por otra parte muy fácil si uno ha nacido en Villafranca, bellísima urbe que utiliza las dos grandes lenguas del noroeste.

González-Alegre dejó un Bierzo literario propio. Porque cada escritor debe inventar un mundo, ahí radica su originalidad. Un mundo tejido de lo que vivió y amó, sufrió y soñó. ¿Y qué decir de nuestros padres tutelares Ramón Carnicer y Antonio Pereira? Cada uno a su modo, tan diferentes por cierto, los dos paisanos y amigos Ramón y Antonio labraron obras perdurables y extraordinarias. Carnicer fue novelista, ensayista, investigador, filólogo y memorialista. Fue, plenamente, un hispanista español. Y su pasión por Europa, por el planeta todo, por la ecología muy especialmente y por la verdad siempre son el mejor modo de ser berciano. De seguir la senda ética e internacional de Gil y Carrasco.

En cuanto a Antonio Pereira, supo mejor que nadie combinar lo berciano y lo cosmopolita en sus cuentos, cuyo conjunto es el más acabado y feliz del último medio siglo del género en España. Pereira, que vivió parte de su vida en Madrid, que fue un gran viajero, que pasó temporadas en Andalucía y que se plantó un día en casa de Borges en Buenos Aires, con quien pasó un rato único, supo ser siempre berciano y universal. Moderno y raigal a un tiempo.

Lo mismo sucede con la vida y obra de Juan Carlos Mestre, el gran poeta que arrancó desde la más pura lírica berciana para llegar a un decir plenamente atlántico, de las dos orillas, la europea y la americana, y que es un escritor en plena fecundidad. En una madurez que siempre es compromiso, belleza, imaginación y talento.

Muy generosa fue la siembra que hizo Enrique Gil en su tierra, y que extendió por los caminos de Europa. Ser berciano es, entre muchas otras cosas, formar parte de un privilegio: haber nacido o vivir en una tierra donde la pasión por las palabras forma parte del paisaje. Donde el paisaje es el nacedero de las palabras. Donde la fértil extrañeza del arte es lo más natural del mundo.

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