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FUEGO AMIGO

La fragua de los godos

 

ERNESTO ESCAPA
13/01/2018

Compludo fue un lugar incomunicado del Bierzo abrupto hasta que las autoridades provinciales, pirradas por conectar su genealogía a la alta Edad Media, tramaron en 1965 el centenario del noble visigodo san Fructuoso. Aquella pequeña aldea esquinada de la senda jacobea tenía un nombre rotundo y sugestivo, propicio para el sahumerio de afanes mitificadores. Y el santo godo había fundado no menos de cuarenta cenobios repartidos por estos valles, que a raíz del festejo ganaron el exótico calificativo de Tebaida Berciana. Semejantes alardes trajeron consigo la apertura de precarias vías de comunicación, la erección de un monumento lapidario con mucha letra a la entrada del pueblo y la dedicatoria de su plaza recoleta a Chindasvinto, a la vez que otros santos y reyes visigodos, como el bibliotecario san Valerio, tomaban posesión de sus rincones.

Pero, sobre todo, el centenario sirvió para recuperar una hermosa herrería de la segunda mitad del diecinueve y ponerla en funcionamiento y exhibición turística. La visita a la forja, bien indicada antes de llegar al caserío de Compludo, paga por sí sola el viaje, fascinando con su contemplación a pequeños y mayores. En apenas dos años, obtuvo la declaración de monumento nacional, que este 6 de junio alcanzará su cincuentenario, activa en sesiones de mañana y tarde. Sin embargo, como un martinete decimonónico no servía a los pujos mitificadores del pebetero provincial, le echaron siglos al ingenio, que trepó hasta hacerse altomedieval. Visigodo, para más señas. Los canales de agua, el mazo movido por una rueda hidráulica y el aire que alimenta el fuego de la fragua agitan en su interior la furia de Vulcano. Decían los mayores del lugar que con esa tarea el dios del fuego ya no enredaría con los volcanes.

Después de unos años relativamente recientes de abandono, hace cuatro abrió de nuevo al público, gestionada al amparo municipal de Ponferrada por el herrero Manuel Sánchez, que es nieto de quien hace medio siglo logró el entorchado monumental. La concurrencia de visitas supera ya las veinte mil anuales, que asisten encandilados a la demostración práctica de su funcionamiento. Ahora va a permanecer cerrada para arreglos hasta Semana Santa, sin decaer en abandono, como ocurrió un par de décadas después de su declaración, cuando el historiador berciano Balboa determinó que estando muy bonita aquella panoplia altomedieval, la herrería era decimonónica, como el martinete de cobre segoviano de Navafría, declarado veinte años después. La merma de doce siglos a la herrería trajo consigo años de descuido, que culminaron con la aparición de goteras y el creciente deterioro del conjunto, un abandono que ahora trata de evitarse aplicando los arreglos oportunos.

   
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