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TRIBUNA

Francisco Umbral y «La ciudad y los días»

 

EUGENIA MARCOS OTERUELOEUGENIA MARCOS OTERUELO 06/09/2007

SE EXTINGUIÓ una de las velas que daban luz, asiduamente, a todas las librerías y a todas las bibliotecas de España. Cientos de estanterías recogerán la obra de uno de los grandes creadores/renovadores del lenguaje en la literatura española. Ese es su testamento porque, como a él le gustaba repetir:» lo escrito, escrito está». Ya pueden aplacar sus iras y sus fobias el grupo de intelectuales que, una y otra vez, colocaron barricadas en la puerta de la Real Academia de la Lengua Española para hacer imposible que Francisco Umbral se hiciera con el sillón que merecidamente se había ganado. Cierto es que, Umbral, desde muy joven, se acostumbró a convivir con sus detractores. Lo llevaba bien. De su parte estuvieron aquellos otros críticos literarios o simples aficionados a la lectura que han reconocido en su obra la prosa más exquisita y a la vez incisiva de la segunda mitad del siglo XX. Ni siquiera el dolor, el desgarro de un hecho dramático como es la muerte de su único hijo de cinco años fueron capaces de condicionar la obra literaria. De aquellas escenas de agonía/angustiosa y tierna agonía emerge el escritor en Mortal y rosa con la más bella prosa poética que uno haya podido leer. Francisco Umbral hizo una literatura plástica, donde los colores eran sustituidos por la metáfora, armonizando de forma prodigiosa el escenario imaginado. Su paso por León fue determinante para el posterior desarrollo de su carrera como periodista, escritor y columnista. Pero, también, es de justicia dejar constancia de las personas que pusieron todo el empeño en que aquel joven talento, soñador, de mirada melancólica, se abriese un hueco en el mundo de las letras. José Luis Pérez Perelétegui y Alfredo Marcos Oteruelo fueron los dos pilares en los que Umbral se apoyó para ir desgranando en distintos medios de comunicación su particular forma de ver y entender las cosas. En aquellos tiempos y a tales inquietudes se le daba el nombre de utopía. Necesario era poner la ropa a secar lejos de lo prohibido por la censura. Pérez Perelétegui le ofreció un espacio de radio en el que todas las mañanas refrescaba las mentes soñolientas de un puñado de leoneses dispuestos a desperezarse. El título no podía ser ni más bello ni más adecuado al paisaje literario de aquel joven soñador: El piano del pobre . Alfredo Marcos Oteruelo se jugó el tipo como director de Diario de León al fichar para su redacción a un joven provocador de las letras. Tuvo que convencer, en una tarde cualquiera, junto a un café servido en una céntrica calle de León, al consejero delegado del periódico para que accediese a la incorporación de una pluma llena de talento. Después de una carta de presentación con el inolvidable escrito Una paloma en la Redacción , el director del periódico encarga a Umbral su primera columna periodística cuyo título sería «La ciudad y los días» Nunca olvidó, Umbral, el gesto de Marcos Oteruelo y da fe de ello en un escrito publicado en el especial de Diario de León con motivo de su 75 aniversario en el que literalmente relata: «Alfredo Marcos, débil de hechura, fue la fuerza más fuerte en que pude basamentarme para empezar a creer en mi vocación obstinada de columnista de prensa, en la que todavía vivo y en la que quiero morir, haciendo la última crónica sobre mi propio funeral, a ser posible». Desconozco si esto fue posible pero sí pude escuchar en algún medio de comunicación el día de su fallecimiento que, en los momentos finales, se imponía el penúltimo esfuerzo para dictar a su mujer, María España, esa «última columna» de su vida. En varias ocasiones había hecho públicas sus inquietudes infantiles: ni bombero ni policía, como el resto de los niños; su aspiración era ser columnista de prensa.