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Gente adulta

 

PANORAMA F. Muro de Íscar
20/01/2017

A lguien escribía hace unos días, en vísperas de la amenazante llegada de Trump, que Obama tuvo la virtud de tratar a sus conciudadanos como «gente adulta». Puede parecer una obviedad o una simpleza, pero la realidad es que los políticos, en España y fuera de nuestras fronteras, tratan generalmente a sus conciudadanos como si fueran tontos, como si no tuvieran capacidad de pensar, como si no los necesitaran nada más que cada cuatro años. La mentira o la falsificación de la verdad, la corrupción, los comportamientos nada éticos, la incapacidad para dialogar, el manejo totalitario de la política por los aparatos de los partidos, han sido los principales instrumentos de la gobernanza aquí en España y, por lo que vemos, también en otros países.

Cameron, Hollande o Renzi, por sólo poner tres ejemplos y cercanos, han confundido sus intereses personales, incluso más que los de sus partidos, con los generales y han llevado a las naciones a situaciones de inestabilidad y de riesgo profundo. En España, el año 2016 se debería estudiar en las Facultades de Ciencias Políticas como el fracaso profundo de los líderes, de los partidos y de las instituciones. Y del derecho a dialogar, que debería ser el deber de dialogar. Las pequeñas rencillas internas, la ambición o la falta de peso y político nos han llevado a un año sin gobierno y sin proyecto. Y la salida final, la abstención del PSOE que ha permitido que tengamos un Gobierno y que prometía otro camino, otra forma de hacer política, un diálogo permanente, está resquebrajándose, tras unos primeros acuerdos interesantes, pero en temas menores, no para resolver los problemas de fondo que tiene España. Estamos perdiendo, me temo, la gran ocasión, tal vez única, de lograr pactos que permitan la estabilidad, la sostenibilidad del sistema, el crecimiento y la política rigurosa y bajo control.

Decía Antonio Garrigues hace unos días que «el derecho a no dialogar es inaceptable desde todos los puntos de vista. Y que, al asumir la obligación de pactar acuerdos, la brecha de credibilidad y su mala imagen (la de los partidos) ante la opinión pública mejorarían de forma espectacular. Se puede convivir en el desacuerdo suavizando unos dogmatismos que, en su mayoría, se han quedado anticuados y estériles». Algunos hablan del desconcierto de las élites. Yo creo que el problema es que no quieren compartir el poder con los ciudadanos, no quieren tratarnos como personas adultas.