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MARINERO DE RÍO

Geografías del fascismo

 

EMILIO GANCEDO
16/04/2018

Hay enunciados que nos pueden llevar al desastre, del mismo modo que hay otros sobre los que brilla el tímido, vacilante halo de la salvación. Antes de que estallen los tiros, antes de que resuenen los cerrojos de las cárceles, antes de que las calles bramen bajo el peso de miles de manifestantes airados, ha habido muchas palabras que sirvieron de fermento, mágica levadura que hizo crecer la masa de la calamidad. Así van ascendiendo y así van proliferando los diversos grados y tonos del fascismo, nutridos por cosas tan en principio frágiles e inocentes como las palabras, las frases y los exabruptos pronunciados en voz alta o baja en tabernas, oficinas y paradas de autobús, hurmiento invisible pero omnipresente. Y cuando escucho algo de esto, cuando percibo que alguien mete en un mismo saco a cientos de semejantes como quien atrapa ratones en un saco para después darle de palos, me recorre la espina dorsal un fugaz estremecimiento al comprobar —de nuevo—, cómo el colmillo del saurio sigue presente en nosotros.

Estos morados son todos unos... Estos azules son todos... Estos anaranjados son... Estos colorados, estos catalanes, estos independentistas, estos españoles, estos jóvenes, estas mujeres, estos inmigrantes... Cada vez que alguien generaliza impulsado por un odio profundo y cavernario, surgido de la negra entraña periódicamente despertada con el correr de los siglos, desbroza un poco más el camino hacia ese fascismo y esa intolerancia que, ya nos lo enseñó la historia, no es patrimonio de derechas ni de izquierdas. Y cada vez que alguien puntualiza, precisa, detalla, concreta y matiza, o hace ver la asombrosa variedad —y a la vez, el esperanzador parecido— de los seres humanos, pone una losa, quizá pequeña pero sólida, en el serpenteante camino de la razón y el humanismo.

En su libro España imaginada, Tomás Pérez Vejo cita a Dvevad Karahasan cuanto éste recuerda que todos los líderes de los partidos que destruyeron Yugoslavia y la empujaron a la guerra «fueron, en general, escritores y profesores». No eran alimañas sedientas de sangre: estas salieron después de sus agujeros. Evitemos alimentar al monstruo que late y ya se agita ahí dentro, ahí abajo. No dejemos que ascienda de nuevo.

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