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TRIBUNA

Gestos y gestos

RELACIONES INTERNACIONALES UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS
16/02/2014

 

Nuestra clase dirigente está plagada de personajes secundarios que hacen de la vida política española una película coral, eso sí, todos ellos huérfanos del talento y la gracia de Luis Escobar, Sazatornil o Ciges en La escopeta nacional. Dentro de este subgénero de políticos, los hay que aprovechan cualquier balón para rematar. Ayunos de protagonismo y con mono de micrófonos han encontrado en twitter su metadona particular, sin darse cuenta que los twit los carga el diablo y a veces una termina disparándose en un pie o metiéndose un gol en propia puerta, que viene a ser lo mismo.

Tal es el caso del Diputado Simancas, aquel hombre que pudo ser Presidente de la Comunidad de Madrid y que ahora transita por los pasillos —de los pasos perdidos— del Congreso, presidiendo alguna comisión (siempre me ha asombrado esta capacidad de nuestros políticos, que lo mismo valen para una concejalía de urbanismo, para una dirección general de universidades o para ser ministro de cualquier ministerio, incluso el de Sanidad. No lo valoramos lo suficiente, no lo hacemos).

Nuestro hombre, de gran olfato goleador, quiso aprovechar el centro a rosca que venía desde la banda del ERE de la embotelladora de Coca-Cola y el 4 de febrero a las 14:25 proponía un boicot a la marca en su cuenta de twitter: «Diputados socialistas no consumiremos Coca-Cola hasta que no se garanticen sus empleos». Se llenó de balón —como dicen en el fútbol—, antes de rematar debería haber mirado a los lados, como hacen los buenos delanteros, para ver si alguien le acompañaba en esto del boicot y lo cierto es que se quedó sólo. Tan sólo que unas horas después escribía un nuevo twit: «Oye, oye… sólo era un gesto personal…» Y bla, bla, bla, «nos solidarizamos», bla, bla, bla, «reclamamos». La misma retórica vana y huera de siempre.

Qué sólo se trataba de un gesto, lo sabíamos todos. Con los gestos uno queda bien sin más esfuerzo que el del propio gesto, no cuestan y salvo que seas un zote y un cara —cómo parece ser el caso— no tienen consecuencias negativas para el gesticulante. Es por esto, por su vacuidad de bienqueda, que se ha extendido tanto esto de tener un gesto, entre aquellos cuya poesía maldeciría Gabriel Celaya, por ser la de los que «no toman partido, partido hasta mancharse». Partido sí que juegan, pero no se manchan.

Oye, oye, no te equivoques —parece decirnos el señor Simancas, sobrepasado por la reacción del personal ante sus palabras, quiero decir, por el cachondeo que su gesto ha provocado en la red—. A mí no me digas nada, ni me pidas más, que sólo se trataba de un gesto, yo ya he hecho lo mío: un gesto. Oye, oye… qué delatora expresión, que apropiada para desentenderse.

Entiendo, que se cuando habla de gesto no se refiere, sin duda, a la acepción número seis que de tal palabra nos brinda el Diccionario de la Real Academia: «Rasgo notable de carácter o de conducta». Su «gesto personal» más bien encaja en la acepción número siete del Diccionario: «Aspecto o apariencia que tienen algunas cosas inanimadas». No se me pueden ocurrir dos adjetivos más congruentes con el gesto de Simancas: aparente e inanimado.

Y sin embargo, yo prefiero hacer derivar el sustantivo gesto del verbo gestar, de dar vida, todo lo contrario a inanimado, por estar preñado de intención y de sentido y también de coraje. Es por esta heterodoxa y propia etimología por la que quiero proponer a los políticos, para cuando tengan ganas de tener un gesto, tomen a modo de ejemplo, este gesto que Catalina Sforza tuvo con sus captores.

Catalina era una dama italiana tan inteligente como hermosa y de armas tomar, literalmente, pues llegó a tomar el Castillo Sant’Angelo, residencia del Papa. El nuevo papa, Inocencio VIII, no se lo perdonaría y tiempo después propició que unos conjurados asesinaran a su marido Girolamo y ella fuera apresada. Sin embargo Catalina volvió a demostrar su inteligencia y su valor. Como fuera que la fortaleza de Ravaldino se negaba a entregarse a los conjurados, Catalina les propuso que la dejaran entrar en la fortaleza y que ella convencería a sus soldados de que se rindieran. Para que estuvieran tranquilos les dejaría a sus propios hijos como rehenes. Cayeron en la trampa, pues esta mujer, una vez dentro de la fortaleza se puso al mando, dispuesta a la defensa. Los conjurados, amenazaron con matar a sus hijos. Fue entonces, el momento del gesto, de un gesto de verdad: subida a la almenada de la ciudadela, se desnudó del ombligo para abajo, mostró sus genitales y gritó a sus enemigos señalándose entre las piernas: «Tengo lo necesario para hacer más hijos» Después de esto, acabaría derrotándolos, cobrando merecida venganza y gobernando como regente de su hijo Ottaviano.

De otro modo nos iría si tuviéramos gobernantes así, capaces de verdaderos gestos y no estas pálidas copias a las que estamos acostumbrados, pues los primeros son reflejo de lo más excelso de lo humano y los otros nos recuerdan lo ruines —de pequeño— que también podemos ser.

 

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