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LA GAVETA

Gil maduro y mayor

 

césar gavela
12/10/2014

En pocos meses entraremos en el 200 aniversario del nacimiento de Enrique Gil y Carrasco, el más brillante escritor leonés del siglo XIX. Su breve vida, de apenas treinta años, es una llamada a la ficción. A conjeturar lo que pudo haber sido su existencia si hubiese muerto a los ochenta años. Y como habría fallecido en 1895, muchos ponferradinos nacidos veinte años antes le habrían conocido. Bercianos nacidos hacia 1870, con lo que los de mi generación aún podríamos haber hablado con algún paisano, nonagenario, que nos contaría cosas de Gil y Carrasco de primera mano. Nos diría, por ejemplo, que el poeta era muy amable, pero también muy solitario. Y que no quería que le importunaran cuando venía a Ponferrada a pasar unos días en la casa de su hermana. Le encantaba legar en tren y pasear por el parque del Plantío.

Para entonces, la vida de Enrique Gil estaría muy cercana al final. Sería un señor pulcro que habría viajado mucho por Europa y América. Tras terminar su trabajo diplomático en Berlín en 1848 (dos años después de su muerte real), habría regresado a España. A Madrid, donde viviría siempre, tal vez en una casa cercana a la plaza de Antón Martín. Y habría vivido solo, no se habría casado. Eso casi con total seguridad. Los motivos permanecen en la penumbra.

Soltero y laborioso, habría escrito cuatro o cinco novelas más. Pero ya no de cuño romántico. Es posible que ninguna de ellas superara, en éxito, al Señor de Bembibre. También es probable que publicara un libro de leyendas, como su amigo Gustavo Adolfo Bécquer, tan parecido a él en sensibilidad romántica y a cuyo entierro habría asistido. De Rosalía de Castro habría sido buen amigo Gil y Carrasco, en los años madrileños de la escritora compostelana. También de su marido, aquel historiador Murguía, que nunca entendió bien a su delicada y maravillosa mujer poeta.

Periodista siempre, el leonés se habría pasado a la crónica política en la década de los setenta del siglo pasado. Independiente aunque cercano a los liberales, habría sido distinguido por Sagasta con una embajada en algún país del este. Probablemente en Bulgaria. Y habría pasado temporadas en París, donde llegó a conocer a Vïctor Hugo. En París también escribió unos cuantos poemas que no quiso publicar nunca.

Gil y Carrasco habría mantenido hasta el final de sus días un vínculo profundo con el Bierzo, al que le habría dedicado una colección de cuentos, en la línea del primer Clarín y un libro de prosas poéticas escrito en sus últimos años. No podemos olvidar tampoco su amistad con Galdós, aquel joven novelista lúcido y patriota. O la larga entrevista que le hizo a Miguel de Unamuno en un café de la calle del Príncipe. Los últimos años de Enrique Gil habrían sido más sosegados, con algún ribete místico. Y se comentaría que al final de su vida conoció el amor.




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