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La gota fría

 

Javier tomé
28/10/2018

Por gentileza de la Asociación Turística de Ferroviarios, una organización de gentes divertidas y viajeras más o menos relacionadas con la Renfe, y uno de cuyos primeros espadas en León es mi vecino y amigo Emilio Garrido, nos fuimos a salpimentar el otoño con una escapada al Mediterráneo, mar que tiene recuerdos y una gozosa exuberancia en su condición habitual. Yo creo en el mar, un espacio fluido y definitivo como el que baña la localidad de El Campello, a un paso de Alicante o Alicant, que dicen ellos. Allí nos instalamos, en una de las espléndidas urbanizaciones con que cuenta la Asociación, perfectamente equipada y a orillas de ese Mediterráneo que es pura poesía.

Las previsiones meteorológicas no eran buenas, pues el dedo de los acontecimientos anunciaba una de las gotas frías que por aquellos lares es un fenómeno más viejo que andar a pie. Pese a los pronósticos, la comarca era una ensalada de fiestas: si los moros y los cristianos cuestionaban en Alcoy, allá por Calpe se revivía con todo lujo el ataque berberisco que tuvo lugar en octubre de 1744, frustrado gracias a la intervención celestial del Cristo del Sudor.

Mientras tanto, en El Campello nos bañamos e hizo sol cada día, empujando a mi cuñada Gelines a participar —y ganar— el concurso de top-less. Cosa muy distinta fueron los alrededores, donde se produjo una embestida en toda regla de la Naturaleza, que siempre sale por donde menos te lo esperas. Una rabietina que fue cobrando brío, provocando tremendos descalabros y poniendo vidas en juego, como ocurrió desgraciadamente en Mallorca. La terrible borrasca, de la que fuimos asustados testigos, se convirtió en un arma letal, casi como Mel Gibson, que causaría un maratón de incidencias y problemas tan severos como para llorar con hipo y todo. La situación de descalabro general se tradujo, a efectos contantes y sonantes, en árboles desnucados por todas partes, alcantarillas rebosantes de aguas pluviales, terrenos inundados y medio millón de alumnos sin escuela. Así de poca cosa somos los seres humanos cuando la Naturaleza se pone tan brava y cerril.