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El grano de la plaza

 

Camino Gallego
16/01/2017

Se sabía desde el principio que el arreglo de la plaza del Grano no era un asunto fácil. Hiere muchas sensibilidades y todos tienen una opinión. Pero en general se pueden reducir a dos posturas encontradas: reparar la plaza para que quede como está y cambiar su fisonomía, con aceras anchas que permitan el paseo de muchedumbres, cuando la realidad es que todos cruzan por el medio y apenas si se utilizan unas aceras estrechas que se pusieron en el arreglo que se hizo en 1989, cuando los hermanos Seoane la levantaron para colocar las hileras de piedras y se hicieron esas aceras con piedras sacadas del cementerio de la carretera de Asturias, que se mondó para construir después la Maternidad, que hoy es residencia de ancianos.

El problema es que todo necesita un mantenimiento y si no se hace se deteriora hasta tal punto que parece necesario hacerlo todo de nuevo, pero no es así. No se puede hablar de la plaza sin haberla pisado con detenimiento y si se ha hecho así, no se puede decir que necesite un arreglo integral porque ya dije hace varios meses que con un par de carretillas llenas de morrillos del río sería suficiente para tapar las calvas que ahora existen y que no llegan a media docena. Y pedir el ensanche de las aceras es también superfuo porque por las existentes puede caber un cochecito de bebé y una silla de ruedas, como he comprobado.

Gastar dinero, cuando no abunda es, cuando menos, una insensatez de la que debían huir los gobernantes. Empeñarse en sacar adelante un proyecto de muchos miles de euros, que tiene gran oposición ciudadana es una temeridad. Esta corporación no es la primera que tiene ideas peregrinas. Ya sus antecesores tuvieron que dar marcha atrás en el proyecto de hacer un aparcamiento subterráneo en la plaza de la Inmaculada. Y lo mismo les correspondió hacer a quienes se gastaron nuestro dinero en levantar Padre Isla para poner un tranvía que se llamó deseo, pero no realidad.

Es la tercera vez en pocos años que el Ayuntamiento intenta hacer una obra que muchos vecinos no quieren. Pueden tener el visto bueno de Patrimonio e incluso adjudicada la obra, pero siempre se puede dar marcha atrás, para que te llamen sabio en vez de cosas peores. Intelectuales se oponen a la remodelación y si persisten puede haber manifestaciones. La plaza se ha convertido en un molesto grano.