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cuarto creciente

La guitarra de Cohen

 

carlos fidalgo
05/07/2018

Leonard Cohen hacía las maletas en su casa de Los Ángeles. Tenía que tomar un avión para viajar a España, donde debía recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Era el año 2011.

Poeta, cantautor, judío errante, Cohen abrió la funda de su guitarra española y le echó un vistazo al instrumento fabricado en el taller de los hermanos Conde, en la calle Gravina de Madrid. «Parecía tan ligera como si estuviera llena de helio», afirmó después en su discurso, durante la entrega del galardón. Y con la guitarra en las manos, acercó su rostro a la escarapela, inhaló el aroma de la madera viva —«todo el mundo sabe que la madera nunca muere», le dijo al público de Oviedo— el olor del cedro, tan fresco como el primer día, y se dio cuenta de que aún no le había dado las gracias al país del que procedía aquella fragancia.

El país de Lorca.

De pie ante el atril, Cohen reconoció que tenía una deuda con el poeta asesinado en 1936, porque su obra le había ayudado a encontrar su propia voz. Pero era un guitarrista mediocre, reconoció.

Eso cambió durante una estancia en Montreal para visitar a su madre, a principios de los años cincuenta. El músico en ciernes descubrió a un joven que rasgaba las cuerdas en un parque y su manera de tocar le cautivó.

Aquel joven español no hablaba inglés, apenas chapurreaba francés y así se entendieron cuando Leonard le pidió que le diera algunas clases. El guitarrista le enseñó seis acordes básicos y después de tres días de aprendizaje, Cohen mejoró un poco. Pero al cuarto día el músico no apareció. Cohen lo esperó en vano. Y cuando telefoneó a su pensión, le dijeron que el joven español se había suicidado.

«Yo no sabía nada de aquel joven. No sabía de qué parte de España era. No sabía por qué estaba en Montreal. No sabía por qué tocaba la guitarra allí en el parque. No sabía por qué se había suicidado», le contó Cohen al público de Oviedo. Después confesó que todas sus canciones, toda su música, Hallellujah, tenía como base aquellos seis acordes de guitarra. Y el olor de la madera viva se extendió por el patio de butacas del Teatro Campoamor, como un bálsamo, mientras la voz del músico canadiense, poeta, cantautor, judío errante, terminaba de darnos las gracias.

   
1 Comentario
01

Por blanalsal 8:23 - 05.07.2018

Preciosa historia, que aunque ya la conocía, no por eso deja de emocionarme. Inmortal Cohen. Sus canciones siempre permanecerán y con ellas las enseñanzas del guitarrista español del parque. La vida de éste tuvo un sentido que también dejó huella, aunque él no haya podido saberlo. Mi homenaje a ambos.