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Hechos y melonadas

 

SILUETAS gonzalo ugidos
26/01/2017

La teoría de la relatividad lingüística sostiene que si alguien logra controlar la lengua de la gente, también logrará controlar el pensamiento y, por tanto, el poder. El diccionario de la RAE define la palabra «hecho» como «cosa que sucede». Si no sucede no hay hecho, y si alguien dice lo contrario es un pinocho. El secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, aseguró que en la toma de posesión de Donald Trump se había registrado la mayor audiencia de la historia, una afirmación desmentida por el Washington Post o el New York Times con fotografías del evento y datos sobre el uso del transporte público. Durante una entrevista a Kellyanne Conway, esta consejera de Trump defendió a Spicer diciendo que no había mentido, sino que había ofrecido «hechos alternativos». El periodista de la NBC Chuck Todd fue al grano: «Los hechos alternativos no son hechos. Son falsedades».

Trump ganó las elecciones con una sarta de «posverdades» y «hechos alternativos», o sea de asquerosas mentiras, y ha cogido carrerilla. Se ha convertido en un personaje de George Orwell. Cuando, en 1948, Orwell terminó la que sería su última novela, a esa distopía totalitaria los editores la llamaron «1984». Su protagonista trabajaba en el Ministerio de la Verdad manipulando la información para adaptarla a los intereses del Partido. En esa oficina siniestra ni al pan se le llamaba pan, ni al vino vino, ni al espanto espanto. A los lectores de la novela, el Ministerio de la Verdad nos pareció un delirio de pesadilla; pero al parecer era una premonición. Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler, llamaba a una retirada del ejército alemán «repliegue táctico sobre la retaguardia», también decía que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Pero no solo los totalitarismos recurren a la neolengua de Orwell o a los «hechos alternativos» de Trump. Ronald Reagan para evitar hablar de los «asesinatos» en El Salvador hablaba de «privaciones arbitrarias de la vida», Zapatero llamaba «desaceleración transitoria» a la crisis, Soraya Saéz de Santamaría llamó «recargo temporal de solidaridad» a la subidas de impuestos y Artur Mas acuñó la melonada de «ticket moderador» para referirse al repago sanitario. Esos eufemismos son primos hermanos de los «hechos alternativos» de Trump, que no sabemos si creará los millones de empleos prometidos aunque de momento está creando miles de puestos de trabajo para verificadores de datos.

Al abandonar para siempre las soledades borrascosas de la isla escocesa de Jura, en donde escribió su última novela, Orwell ya tenía los pulmones corroídos por la tuberculosis. Murió pocos meses después, a los 46 años, sin saber que su neolengua nos iba a envenenar a todos.

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