+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

en blanco

Heriberto Tomé

 

javier tomé
04/03/2018

Se llamaba Heriberto Tomé, era mi bisabuelo y, cien años atrás, fue una de las primeras víctimas de la llamada Gripe española en la capital leonesa. En 1918 la ciudad semejaba un vodevil familiar, donde la ley multaba por no descubrirse al paso de la procesión y corría el dicho de «Vete a que te den morcilla en casa de Matachana». Ocurrían otras cosas, como la inauguración del teatro Alfageme con la actuación, entre otros, del fotógrafo Pepe Gracia, la entrega al Ayuntamiento de la escuela de Julio del Campo o la decisión municipal de trazar unos jardines ornamentales en el Paseo de la Condesa. Entonces, de forma imprevista, asomó el tupé de una peste también conocida como «el soldado de Nápoles» que mató a 50 millones de personas en el mundo entero. Una enfermedad fulminante que se fue cocinando a fuego lento en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial y que no dejaba títere con cabeza, afectando por igual a todas las clases sociales. Hubo quien la consideró un castigo de Dios, mientras que otros prefirieron echar mano del tópico alusivo a los designios de la naturaleza.

Avecindado en La Rúa junto a su esposa Emilia y un racimo de hijos, Heriberto era boticario de profesión y tenía arrendada la preciosa farmacia de la calle Cervantes que aún abre sus puertas. Al mediodía regresó del trabajo con fiebre y escalofríos, y al día siguiente había fallecido, siendo oficiado el funeral en la iglesia de Santa Marina. Así fue el triste final de un hombre apacible y querido, del que conservo en mi dedo el anillo con el que se casó en 1900. No llegaría a ver a su sobrino Amancio Tomé como director de la cárcel provincial en la década de los 20, pero esa es otra historia que ya les contaré. Porque hoy toca hablar de la pandemia a la que los médicos no pudieron poner remedio y que dejaría los cementerios leoneses bien surtidos, hasta el punto de que pueblos enteros fueron abandonados por los supervivientes ante el temor del contagio. La situación se iría remediando por sí sola, aunque el recuerdo de la devastadora gripe de 1918 pervive en la memoria colectiva.

a b

Buscar tiempo en otra localidad