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FUEGO AMIGO

La herrería de los godos

 

ERNESTO ESCAPA
28/06/2014

Compludo fue un lugar incomunicado hasta que las autoridades culturales de la provincia, que siempre se pirriaron por enchufar su genealogía a la alta Edad Media, tramaron el centenario del noble visigodo San Fructuoso, a mediados de la década de los sesenta. Aquella pequeña aldea de nombre rotundo y sugestivo se benefició de los afanes mitificadores a cuento del supuesto centenario del fundador de no menos de cuarenta cenobios repartidos por estos valles, que a raíz del festejo se ganaron el calificativo de Tebaida Berciana. Semejantes alardes trajeron consigo la apertura de precarias vías de comunicación, la erección de un lapidario monumento con mucha letra a la entrada del pueblo y la dedicatoria de su plaza a Chindasvinto, a la vez que otros santos y reyes visigodos tomaban posesión de sus rincones y callejas.

Pero, sobre todo, el centenario sirvió para recuperar una hermosa herrería de la segunda mitad del diecinueve y ponerla en funcionamiento y exhibición turística. La visita a la forja, bien señalizada antes de llegar al caserío de Compludo, pagaba por sí sola el viaje, fascinando con su contemplación a pequeños y mayores. En apenas dos años, ya tenía la declaración de monumento nacional y abría mañana y tarde. Sin embargo, un martinete decimonónico no servía al propósito mitificador del momento y de ahí la invención de su naturaleza altomedieval. Visigoda para más señas. Los canales de agua, el mazo movido por una rueda hidráulica y el aire que alimenta el fuego de la fragua agitan en su interior la furia de Vulcano. Decían los mayores del lugar que con ese entretenimiento el dios del fuego ya no enredaba con los volcanes.

Hace años el guarda ponía en marcha el artilugio para las visitas y obsequiaba a los curiosos con una pequeña reja destinada a pisapapeles. Aquella felicidad se extendió un par de décadas, hasta que historiadores menos fantasiosos precisaron que el ingenio correspondía a la segunda mitad del diecinueve. Entonces empezó el operario a mostrarse remiso con las exhibiciones y muy pendiente del horario, que eran tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde, menos las tardes de domingo y los lunes. Si uno le preguntaba por aquel cese abrupto de hospitalidad, su respuesta concisa y cortante desvelaba el enfado con Balboa, el historiador de Cacabelos que le había hurtado nada menos que doce siglos a su fragua. Así que empezó el descuido y con él vinieron las goteras y el creciente deterioro del conjunto. Que es el punto donde estamos. Después de un tiempo de clausura, de olvidos y de pasarse la culpa unos a otros, la reparación de menor cuantía no llegó por Pascua y tampoco alcanzará al verano. Pero nunca debemos renunciar a la cita con su magia.

   
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