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LA GAVETA

Hijos de Gil y Carrasco

 

CÉSAR GAVELA
12/07/2015

A Gil y Carrasco no lo conocíamos. Salvo algún estudioso, como el profesor francés Jean Louis Picoche, que vendrá esta semana al Bierzo con motivo del congreso que tan justamente se dedica al autor de “El señor de Bembibre”. Gil y Carrasco eran dos apellidos con sabor antañón, algunas calles del Bierzo a él dedicadas, el nombre del más antiguo instituto de secundaria de Ponferrada, y, claro, la novela famosa, que los bercianos leemos con emoción. Pero eso, siendo mucho y meritorio, era poco. No sabíamos que era poco.

Porque don Enrique Gil y Carrasco era mucho más, y eso lo hemos ido aprendiendo en estos años previos al segundo centenario de su nacimiento. En estos meses, cabría puntualizar. En los que el extraordinario empeño del escritor y editor Valentín Carrera ha logrado el prodigio de rescatar a Gil y Carrasco, de volverlo contemporáneo nuestro, de hacer posible que le admiremos tanto, y de un modo diferente. Mucho más profundo. Gil y Carrasco nos ha fascinado, algo que nunca hubiéramos podido imaginar. Nos hemos ido adentrando en el encanto de aquel hombre joven que abandonó el mundo de un modo muy cruel, a los treinta años de edad. En una casa del gélido Berlín. Cuando no podía ni soñar que sería tan nuestro, tantos años después.

¿Qué pensaría Gil en aquellos sus últimos días de vida, enfermo de tuberculosis, ya sin apenas esperanza de superar el nuevo embate de su gravísima dolencia? ¿Qué pensaría de su vida truncada, de su amor por la literatura? ¿Qué pensaría de su madre, de sus hermanos allá en el Bierzo, de su querida tierra natal, de sus legítimas ambiciones de llegar a ser uno de los grandes escritores españoles del siglo XIX? ¿Qué pensaría de sus amigos, de su vida y proyectos en Madrid, donde tan pronto fue aceptado y reconocido?

Una inmensa melancolía tuvo que vivir Gil aquellos días. En los que aceptó su infortunado destino con dignidad y valor: Como el gran hombre que era, el que sabe enfrentarse a la muerte. Gil reflexionaría sobre sus muchos logros en tan pocos años. En los que se reveló como el mejor crítico de teatro de España, en los que aprendió varios idiomas y escribió decenas de hermosos poemas, y muchos otros artículos ensayísticos. Y cartas memorables, y diarios de viaje y de vida, y su gran novela por la que quedará siempre en la historia de la literatura en lengua española. Valía, tristeza, lejanía. Gil y Carrasco tiene una de las biografías más tiernas y hermosas, más románticas. Quien también fue jurista y diplomático, y hombre de una gran honradez personal y pública, es un ejemplo de vida y de pasión por la vida y por la literatura. De pasión por España y por el Bierzo, por Europa y por el progreso. Todo eso es Gil y Carrasco, y no lo sabíamos. Por eso ahora ya no dejamos de quererle, de buscarle, de pedirle consejo. Y siempre nos lo dará.

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