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TRIBUNA

El hilo negro

Enrique Mendoza Díaz Abogado
11/06/2017

 

El contexto político actual en el que operan empresas y organizaciones de todo tipo, en Europa y en América, está impregnado por el fenómeno de los populismos. Es previsible que la lógica populista tenga un impacto cada vez mayor en la sociedad a medio y largo plazo. Por un lado, más allá de su manifestación en movimientos o partidos políticos, de izquierdas o de derechas, que llegan al poder o a ocupar un espacio político relevante en determinados países de nuestro entorno, los populismos son manifestaciones de profundas tensiones sociales, culturales y económicas, que exigen un discernimiento cabal de sus causas y de sus consecuencias profundas.

Históricamente las revoluciones sociales han cristalizado en demandas sociales irrenunciables que han transformado el marco de acción de las instituciones. Las políticas populistas concretas, las que se viven hoy y ahora en muchos países, tienen ya de hecho efectos múltiples en la vida y en la actividad de las empresas y de las organizaciones, que deben de buscar el modo de seguir cumpliendo con su misión en un entorno cada vez más complejo y a menudo adverso.

Sin embargo, convivir con los populismos exige a las empresas, a las organizaciones, reflexionar sobre esta realidad y plantearse qué son los populismos, cómo han surgido, cuál es el horizonte futuro del impacto de los populismos en la sociedad, o si están preparadas para afrontar sus retos y desafíos.

Gracias al Instituto de Empresa y Humanismo de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra he participado en un coloquio sobre estos asuntos que ha sido una verdadera oportunidad para aprender, para generar un intercambio de ideas entre académicos y empresarios, y participar en una discusión y un debate de altura. Pararse a pensar y a reflexionar sobre temas de fondo que ayudan a entender los retos y desafíos que se plantean en nuestra sociedad tiene un valor incalculable en la intensa y frenética vida de los responsables de empresas y organizaciones.

Estos movimientos tienen su origen en demandas insatisfechas, promesas incumplidas y, en mi opinión, sobre todo, en la quiebra moral del capitalismo financiero. Demasiadas personas se han sentido —y se sienten— abandonadas, decepcionadas.

Los diagnósticos populistas suelen tener puntos de anclaje ciertos en la realidad. El verdadero problema está en sus soluciones. Comparto el diagnóstico que realizan estos abanderados, pero no sus soluciones mágicas.

De entrada, no creo en soluciones simples para problemas complejos. Y, menos aún, que pretendan presentarlas como históricamente novedosas. Me niego a reconocerles el-valor-de-la-novedad, fundamentalmente, porque no es verdad. La mayoría de las soluciones que estos señores presentan son más antiguas que el hilo negro: tan fácil como releer a Marx, Engels, Lenin, Gramsci… Y, más recientemente, a Chaves o al inefable Maduro (en este caso ya que no es posible leerle —es un personaje ágrafo— nos tendremos que conformar con escucharle…).

Los escritos que inspiraron la revolución Rusa, la Cubana, la Sandinista o la Bolivariana están trufados de estas mismas «soluciones». Cualesquiera de estos movimientos sociales no sólo no han solucionado los problemas que dijeron que iban a solucionar, sino que han sido una desgracia para la humanidad. En España, muchas de las lindezas, ocurrencias y «novedades» de nuestros populistas de turno se pueden encontrar, literalmente, en los diálogos de los personajes de la novela «Los cipreses creen en Dios» de José María Gironella, una crónica de la Segunda República, una de las novelas más leídas del siglo XX. Menuda «novedad»…

La política como teatro, espectáculo, es una degeneración. Política sin ideas, sin presupuestos concretos para transformar el mundo, no es política. Nuestro Estado social y democrático de derecho sigue siendo mejor sistema para el desarrollo de España. Necesitamos —eso sí— fortalecer nuestras instituciones para que huyan del cortoplacismo, de los intereses de partido y tomen decisiones racionales, justas. Conformar una nueva generación de dirigentes, públicos y privados, que conozcan y comprendan a fondo las dimensiones fundamentales de las organizaciones, de tal manera que puedan vivir la práctica del gobierno con una visión amplia y humanista. Que entiendan el sentido de servicio que define la acción de gobierno. Saber gobernar es saber servir.

 

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