+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

TRIBUNA

Hojas en danza

 

Manuel Garrido ESCRITOR
13/06/2018

Cuenta Cristóbal Halffter en sus memorias «musicales» cómo los títulos de ciertas obras suyas fueron en su momento extrañamente «opinionados», que diría el clásico, de extravagantes sin causa, a no ser política. Él dice que esos títulos, desusados sin duda y sorprendentes, brillantes ante todo, carecían de cualquier intención espuria y solo cumplían la función de sugerir algo que la música no puede por sí sola lograr. Aducía el ejemplo del primer tiempo de la Sexta de Beethoven, considerado una escena bucólica, pero solo porque el título de Pastoral antepuesto a la sinfonía sugiere esa realidad, ya que la música misma, excepción hecha de la tempestad descrita, nada tiene que ver con ningún canto a la naturaleza. Estos son por cierto algunos de los bellos títulos reprobados: «Planto por las víctimas de la violencia», «Réquiem por la libertad imaginada», «Jarchas de dolor de ausencia», «Quejas de un pájaro herido», «Endechas para una reina de España».

De forma parecida a la música, el título en la literatura es una incitación, una orden de entrada, como la del director en la partitura. Y sea que un excelente texto siga a un título mediocre como que un título magnífico presida un texto deplorable, de todas formas el título se erige en importante por sí mismo hasta cuajar formulaciones de gran belleza.

El narrador de Invitación a la melancolía, la novela de Andrés Martínez Oria, afirma que siempre le han reprochado el desacierto de los títulos. Es un caso parecido al de Halffter, no importa que por motivos diferentes, ya que bajo esa voz reconocemos la del propio autor. Mi percepción apunta sin embargo en la dirección contraria del pleno acierto en títulos que se alzan como termómetros líricos para medir la temperatura poética de los textos postrados obedientes a sus pies.

Además de la dicha Invitación, están Más allá del olvido, Jardín perdido, Flores de malva, Flor de saúco, entre los más notables, breves acordes de una bien timbrada métrica para la melodía que sigue lenta y clásica. El caso es que tras esos libros aparece ahora otro, pero este viene con sorpresa incorporada. Volvamos a Invitación: allí en cierto momento el narrador se sorprende expresándose a ritmo de endecasílabo y así ingenuamente lo confiesa, no como el Almirante, cuando en su diario dejó caer al paso y sin enterarse aquel espléndido «Toda la noche oyeron pasar pájaros». No solo él, también a nosotros nos sorprende el salto repentino al largo texto de endecasílabos como estos: «tardes de sol y mar, islas perdidas», «vendrán tardes de lluvia y soledad», «la lánguida tristeza del otoño»; o alejandrinos como estos: «el último clamor de las rosas de otoño», «ha llovido en los sueños y por tanto ha llovido». Y estos son solo ejemplos sueltos, latidos de un aliento poético, que apreciamos también en las frecuentes enumeraciones con que siembra el texto, así por ejemplo los veintiún epítetos seguidos con que califica a la risa, más otros cinco tras una pausa, en una serie que parece sustentada solo en el puro placer de nombrar de este Adán asturicense estrenando las palabras a la sombra del gran Panero. Se trata en este y los otros libros citados de inventarios o listas de cosas «inventadas», por evocar aquella célebre afirmación atribuida a Picasso, «yo no busco, encuentro», pero es que ahí al fondo está el latín, donde encontrar es inventar e inventar es labor del poeta-creador, escriba como escriba, en verso o prosa.

Con esos antecedentes y por inesperado que sea, no debería sorprendernos que el último título de Martínez Oria acoja un libro de poemas, fruto de su madurez humana y literaria, fruto otoñal reflejado en su título, espléndido sin reproche posible, La hoja que cae en espiral, inspirado en una cita de Whitman al frente del libro. Yo lo leí todo seguido, como si fuera un largo monólogo pausado de la Invitación o de Más allá del olvido, una retahíla ahora en verso; después de todo, retahíla o larga hilera es la poesía (pensemos en el canto II de la Ilíada, con su lista o catálogo de naves y comandantes, o el soneto de Lope «Desmayarse, atreverse, estar furioso») y el poema una letanía, en este caso de endecasílabos ya sin sorpresa, «inventados» para la ocasión de las distintas visiones y emociones. Letanía son también las horas del reloj, de las que dice la leyenda impresa en algunos: «Todas vulneran, la postrera mata»; por eso, si se permite el parafraseo, es cierto que Martínez Oria carece de esos versos endecasílabos «últimos» que matan (por otra parte solo al alcance de los más grandes de la lista, Lope entre ellos), pero también que son muchos los que dejan una leve herida en el alma, como estos que espigo al vuelo: «queda la soledad de los riberas», «rosas, flores litúrgicas de enero», «vamos fluyendo al mar como agua clara», «irás tú solo al fin por los oteros»; o como cuando le hace un guiño sonriente al sombrío Heráclito: (no es posible) «entrar dos veces en la misma playa»; o en fin cuando leemos ese impresionante «Y por si no te vieran ya mis ojos».

Las hojas ejecutan una danza de la muerte cayendo en espiral, porque una espiral es la que trazan vorágine, vórtice, vértigo, torbellino: dibujos de una fuga sin fin al fondo. Y de unas hojas a estas otras del libro aradas de versos, que, lejos de la atormentada espiral, caen con lentitud de nieve en otro suelo al este del jardín, más allá del olvido.