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AL TRASLUZ

Holas y adioses

 

EDUARDO AGUIRRE
30/12/2017

Permítame el lector que hoy escriba una columna un poco para los míos. Estas navidades a mi familia le han traído holas y adioses. Nacieron niños, se nos han ido mayores. Entre estos, María del Carmen Barros, viuda del farmacéutico Antonio Roa Rico, hijo del que fue alcalde de León, Francisco Roa de la Vega. Alguna vez he escrito ya aquí sobre ese Espasa de Importantes que cada uno llevamos dentro, con los nombres de quienes poetizan nuestra existencia, pues la hacen mejor. En el mío figura este matrimonio, que parecía sacado de una obra de Mihura. Admitámoslo, hay unos arquetipos que quizá sólo son ya posibles —aunque en vías de extinguirse— en las ciudades pequeñas. Ambos ignoraban su condición de excepcionales, la impronta inequívoca de serlo. Nuestra tía murió esta Navidad, tras una vida larga y plena en el amor y en el humor. Su retranca gallega, sutil como chiste de un ángel, la disfrutó sobre todo su querida amiga María del Carmen Martínez, de retranca vasca. Ninguna generación es reemplazable, pues cada una tiene su impronta que la hace única. Ahora bien, los importantes a los que me refiero no dependen de su tiempo generacional para existir. Son y están, genuinos en su anhelo de sencillez, el más difícil de los comportamientos. Tienen misión, aunque ignoran tenerla: iluminar. Y la cumplen siempre, en la salud y en la enfermedad.

Si escribo un columna tan personal es porque estoy convencido de que usted, lector, también tiene su diccionario enciclopédico de importantes. Quién sabe en cuántos nombres coincidimos. Después de todo, es nuestra propia intimidad la que nos enlaza con lo universal, la que nos iguala en lo que importa. Ciertas cualidades no admiten discusión, son rotundas en su sencillez. La bondad es una de ellas. La más valiosa de todas. María del Carmen y Antonio fueron, son y serán importantes para quienes tuvimos la suerte de quererles y de sentirnos queridos por ellos. Aunque algo se ha apagado con la muerte, algo aún más luminoso se ha encendido, pues las personas bondadosas son las catedrales de nuestra memoria. En estos días, en mi familia hubo llegadas y partidas.

Holas y adioses. Una Navidad misteriosa, pero ¿acaso hay alguna que no lo sea?

   
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