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TRIBUNA

Homenaje a un leonés salmantino: José Sánchez Rojas

Miguel Ángel Diego Núñez autor de ‘Regionalismo y Regionalistas leoneses del siglo XX (una antología)’
29/12/2017

 

Un año más queremos recordar y rendir homenaje a José Sánchez Rojas en el aniversario de su muerte, el 31 de diciembre de 1931.

José Sánchez Rojas no es solamente un enamorado de su Alba de Tormes natal, ni de la provincia de Salamanca, sino que siente y reivindica el reino de León y el espíritu leonés que descubre en Salamanca, Zamora, León, Toro, Peñaranda o en la montaña leonesa. Así lo manifiesta en sus textos y nos lo transmite sin rodeos. Comparte con nosotros, a pesar del tiempo y la historia, sus percepciones sutiles, sus revelaciones, sus descubrimientos. Con la certeza de Antonio Machado en cuanto a cultura, entiende que lo que se guarda se pierde y lo que se da se gana. Sánchez Rojas nos regala todo cuanto tiene, todo lo que acopia en sus idas y venidas por la geografía de la región leonesa, por España y por el mundo. Y nos maravillan su sensibilidad, sus dotes perceptivas, su fidelidad a la realidad que hace suya y nos transmite directamente con sencillez y elegancia. A través de todos sus sentidos capta multitud de detalles y construye un cuadro de conjunto revelador.

En 1918, cuando se lanza desde Burgos el Mensaje de Castilla contrario a la autonomía de Cataluña, Sánchez Rojas publica La mascarada regionalista donde afirma que «Castilla no pasa hoy de ser una mera nomenclatura geográfica, que no tiene personalidad», y subraya: «Ante todo, Castilla, geográficamente, no está delimitada todavía. Frente a Burgos, León sostiene a su modo, una personalidad regional, la del antiguo reino de su nombre, harto confusa y borrosa».

Sánchez Rojas, en multitud de artículos, se dedicará a desentrañar la personalidad leonesa de las ciudades, comarcas y provincias del reino de León. En 1919, a modo de conclusión señala las diferencias reales entre los reinos de León y Castilla: «Salamanca, León y Zamora participan, en su espíritu y en sus piedras, de la gracia gallega, de la sutileza astur, de la mansedumbre lusa y de la sequedad de la meseta. Estos cuatro factores integran el sentido leonés dentro de la historia nacional».

Resume así su experiencia vital por tierras de España. Confiesa también que «He advertido en Palencia un secreto recelo hacia Valladolid. De la misma dolencia padece también un poco Salamanca, y hasta León, aunque León explique su reconcomio con graves disertaciones eruditas acerca de las diferencias regionales, más profundas de lo que parece, que separan a leoneses y castellanos».

¿Y qué escribe desde 1919? Leamos principiando por el Sur, por ejemplo por Peñaranda:

«En Peñaranda, tierra de paso, primero mesón y luego feudo de los Bracamontes, acaba el reino leonés para comenzar la altiplanicie de la vieja Castilla. Es tierra fronteriza Peñaranda como Aldeaseca y Zorita, y bien colocada, centro de un mercado natural de granos de una comarca feracísima y rica».

En su cercanía, «Cantalapiedra, Palacios Rubios, Paradinas, pueblos ricos, iglesias de sillería, casonas labradoras anchas y sonoras de portón de roble, campanarios graciosos, espigas de piedra que recuerdan al cielo el dolor del llano… Es un oasis esta altiplanicie fronteriza del viejo reino de León».

La Semana Santa, en la ciudad charra, le impulsa a afirmar: «En la Catedral vieja de Salamanca se venera estos días, encuadrado en un altar, más que barroco, churrigueresco, el Santo Cristo de las Batallas (…) este Cristo, tan viejo como el habla leonesa y como la fábrica de su primera iglesia mayor».

Es en la ciudad de Zamora donde encuentra concentrado el espíritu leonés, y también en su provincia, como nos describe en un artículo de 1929: «Recientemente he visitado Toro de nuevo, y fue tan honda la impresión que me produjo, que en estos días no sé pensar en otras cosas.

(…) Y en su Colegiata está todo León. Dejemos a un lado la riqueza de su fábrica y la maravillosa policromía de la portada de la Gloria. La Colegiata no es el palacio de Dios, sino la casa leonesa que se ha levantado a la orilla de la vega, sobre la peña ingente, para adorarle.

(…) Conocía yo todas las ciudades leonesas, menos Toro, y al asomarme hace pocas tardes al Duero, desde el Espolón, tuve la clara visión de conjunto de estas tierras. Sin Toro, faltaba una de las facetas más características y nobles de la comarca: la del tipo de ciudad que mira a Castilla, que la vigila, que tiene que defenderse de Medina y de su Mota, y de los mercados formidables de los castellanos.

(…) ¡Suaves tierras estas queridas tierras de León!».

De la catedral de León dirá «Esta iglesia tiene su perfume, su encanto, su alegría, su optimismo, su niñez perenne. No tiene paredes, no tiene muros, no tiene cimientos la catedral de León. La piedra en ella no es fruto ni flor. No es siquiera piedra. Es anhelo, gloria, ansia de eternidad y de vida.

(...) yo me he saturado de pureza dentro de estas naves, y mi espíritu no percibe las estridencias de la tierra y sueña despierto, con los ojos abiertos, por las calles de la vieja capital del reino de León».

Yen la montaña leonesa: «Yo creo que la diferencia fundamental que separa a un campesino castellano del gallego o del astur es que el primero es, racialmente, terrícola o labrador, y los otros, ante todo y sobre todo, ganaderos. (…) Así el labrador de Castilla es receloso y desconfiado. Lo espera todo del azar. Es siempre fatalista.

(…) El ganadero gallego, astur o del Norte de la provincia de León ya es de otra suerte. Tiene su porvenir atado al de la vaca. Su vientre es siempre más fecundo y da más sorpresas agradables que el de la tierra.

(…) Y el amor que sentía Josué Carducci por el buey piadoso

io t’amo, oh pio bove!,

es el mismo que yace soterrado en el corazón de nuestros campesinos ganaderos».

En el día de Navidad de 1931, pocos días antes de su fallecimiento, aparece publicada una nueva colaboración de Sánchez Rojas, que exclama su invitación y su llamada:

«¡Hacia Oriente y hacia el Portal, amigos! La noche es clara; el sendero está perfumado de flores; el lucerito de Oriente brilla sobre nuestras cabezas, curtidas en todos los temporales. Ya se parará algún día la estrella; tal vez sobre nuestra tumba, que es donde cesará nuestro sendero hacia lo desconocido. Porque la vida es eso: una senda y una estrella».

 

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