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TRIBUNA

La huella de Roma

Enrique Mendoza diaz abogado
28/06/2017

 

Acabo de leer la última novela de mi amigo Pedro José Villanueva, «La huella de Roma. Oro». Tres jóvenes de nuestro tiempo Lucía, Daniel e Izán inician su aventura en el entorno del Castro de Degaña, en los montes de Fondos de Vega, cerca de Larón, en el Concejo de Cangas del Narcea, un espacio denominado «La Cabuerca», un lugar donde hay restos de explotación de oro por los romanos. Cerca del hoy Parque Natural de las Fuentes del Narcea. Caen en un pozo. Viajando en el tiempo. Tan actual, tan siempre de moda. Otro deseo permanente, como volar.

Descubren que estaban en el monte Medulium, en Bergidum, cerca de Asturica Augusta, en el año 78. Época en que la explotación de Las Médulas estaba a pleno rendimiento. «Aurum»: oro del imperio, oro que servía para comprar toda clase de utensilios, para pagar la tropa y para mantener, en definitiva, tan vasto imperio.

Y como señala la historiadora Josefina Velasco, autora del prólogo, la habilidad de Pedro José Villanueva consiste en que, a través de su relato, nos enteramos de cómo vestían, comían, se divertían, trabajaban, en qué casas vivían y cómo se relacionaban entre sí romanos y lugareños.

Los romanos dejaron vivir a los pueblos a cambio de su trabajo, sus tributos, su sometimiento. Al final, dominador y dominado aprendieron a vivir unos de otros. ¡Qué suerte tenemos de vivir en un entorno donde la Historia, en cualquier momento, nos sale al encuentro! De ver y tocar la huella de Roma. En mi opinión, su mayor obra fue su filosofía, su derecho, su idea del hombre y de su dignidad que el cristianismo perfeccionó acabando con las distinciones entre ciudadanos y esclavos, considerando a todos los hombres como iguales y con una misma dignidad en cuanto criaturas e hijos de Dios.

Aunque son más tangibles las obras públicas e industriales. Los sistemas de extracción del aceite. O los del filtrado del oro y otros minerales con el agua de nuestros montes, como evoca la novela antes mencionada. O la explotación de la madera de los bosques y el uso de los ríos para su arrastre a través del sistema de descenso por flotación. Me encanta reflexionar sobre los romanos y su cultura del agua. Son memorables las termas y baños de las ciudades romanas. Cada barrio contaba con su baño y, a veces, con varios. Los baños eran públicos y los hombres solían acudir por la mañana y las mujeres y los niños por la tarde. O las calzadas romanas a través de las cuales el viajero podía llegar a Roma desde las principales ciudades del Imperio Romano, por lejos que éstas se encontraran. Quien recorría una calzada romana encontraba una piedra miliar numerada cada mil cuatrocientos setenta metros. Si iba provisto del itinerario, equivalente a nuestro actual mapa de carreteras, podía calcular la distancia hasta la siguiente venta. Qué maravilla. Los excelentes ingenieros romanos no se arredraban por las dificultades técnicas. Abordaban con éxito puentes, acueductos, pantanos, sistemas de irrigación, puertos e incluso complejos sistemas de drenaje para desecar zonas pantanosas.

Todavía causan admiración obras como el puente de Alcántara en Cáceres, el Acueducto de Segovia, la Torre de Hércules en La Coruña o el canal de unos cuarenta y tres kilómetros de longitud recientemente descubierto en La Cabrera y que, según los expertos, abastecía a Las Médulas.

El material arqueológico también prueba que Hispania se convirtió en la principal región aceitera del Imperio. El aceite llegaba a Roma y hasta los confines del Imperio. Lo sabemos por las ánforas. Sobre este particular escribe, magistralmente, Juan Eslava Galán en su libro «Viaje por el Guadalquivir y su historia», un libro también muy recomendable.

En la Antigüedad el vino, el aceite, las conservas de pescado y hasta el grano se transportaban en grandes ánforas. Muchas de estas grandes vasijas de barro se han encontrado en las excavaciones y entre los restos de los barcos naufragados. Básicamente existen dos clases de ánforas: las panzudas, casi esféricas, llamadas olearias porque servían para envasar aceite, y las vinarias o de vino, que son estilizadas y acaban en punta.La punta servía para inmovilizarlas, clavadas sobre el lastre de arena que cubría las bodegas de los barcos. Cada ánfora lleva la «figlina» o sello del alfarero en un asa y, además, una serie de inscripciones a tinta y pincel, en letra cursiva, los llamados «tituli picti», en los que se consigna el peso del envase, el peso del aceite, el nombre del productor y otros datos fiscales. En leguaje actual se denominaría código de barras… Olearias procedentes de la Bética se encuentran en puntos tan distantes como Inglaterra y la India, lo que prueba que nuestro aceite llegaba hasta los confines del Imperio aunque el mayor consumidor de aceite era la propia Roma, que necesitaba mucho para la Annona, una especie de seguridad social de la época que se concretaba en el reparto gratuito de alimentos, y también de espectáculos públicos, mediante el que los emperadores se aseguraban la lealtad de la plebe: panen et circenses…

En fin, la importancia de recuperar y promover la cultura clásica en nuestros planes de estudio. Ya sé, ya sé, que para algunos estudiar la historia y la lengua de Roma no-sirve-para-nada. Vieja polémica. Rebatirlo es materia para otra reflexión. Mientras tanto una anécdota: cuentan que, en cierta ocasión, José Solís Ruiz, ministro de Trabajo de un Gobierno del General Franco, y natural de Cabra (Córdoba), le discutía al rector de la Universidad Complutense, profesor Muñoz Alonso, para qué servía el latín. El profesor le respondió: «Por lo pronto, señor ministro, para que, a Su Señoría, que ha nacido en Cabra, le llamen egabrense y no otra cosa».

 

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