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cuerpo a tierra

Interjecciones y flatulencias

 

antonio manilla
19/04/2017

Creo que era Summers padre el que decía que en el trance de pillarnos los dedos con una puerta lo más normal era bajar a todos los santos del cielo en procesión laica. Que lo anormal sería entonar loas a la Virgen o al tercer misterio de Fátima. Los juramentos están para estas cosas. Si se está ahogando, grite y desahóguese. A veces no hay nada más humano que un buen berrido. Al fin y al cabo entramos al mundo levantando por primera vez la voz. Cantando las cuarenta bien clarito para que se entere todo el valle de lágrimas de que hay un nuevo jugador en la partida.

Lo elocuente, si breve, dos veces elocuente. Y así pasamos, en la escala de las interjecciones, del mundo de la blasfemia al de la flatulencia, al de esos aires que cantó Quevedo y a los que Dalí definió como «los suspiros del cuerpo». Porque pocas cosas hay más expresivas que una locuaz ventosidad arcaica, profunda, gutural, que en este caso es sinónimo de un largo recorrido a través de las grutas y cavernas interconectadas del cuerpo. Como acto de afirmación existencial y declaración de insumisión ante los prejuicios sociales, nada hay más categórico; desde luego no con tan poco ser.

Sin embargo, ser ambicioso en estas lides gaseosas es cortejar el escándalo en cualquier sociedad que, como la nuestra, haya alcanzado cierto grado de civilización. Aunque siempre hay maneras de vadear el rubor y expurgar su paternidad. Antológica es la anécdota de Cela, quien, en medio de una cena de gala, fue incapaz de contener su facundia ventral y dejó caer un inconmensurable aforismo. Con cara sorprendida y gesto caballeroso, se dirigió a la mujer que tenía más cerca en alta voz para informar a todos los comensales: «Tranquila, señora, diremos que he sido yo». No menos memorable es un relato escatológico del gran Antonio Pereira con un duelo de dignos cuescos que hace saltar las lágrimas por muchas veces que se lea.

Pero lo malo de esta anárquica y pregramatical interjección es que, por expresiva que resulte, es una frase hecha y no admite demasiados matices. Es como las onomatopeyas. O como las afirmaciones de algunos personajillos, que siempre hieden. Las últimas de Otegi y sus secuaces están en la pituitaria de todos. ¿Entrega de armas? Vale. Seguida de la entrega de los asesinos.

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