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cuarto creciente

Jerónima Blanco

 

carlos fidalgo
08/03/2018

Tenía veintidós años, un niño de corta edad llamado Fernando y estaba embarazada. Tenía un marido en el monte, huido para que no lo mataran. Un marido sindicalista al que buscaban. Lo habían apuntado en una lista negra, pero no daban con él. Y por eso la mataron a ella. Se llamaba Jerónima Blanco y su asesinato, el de su hijo Fernando, de tres años de edad, y el del niño que llevaba en su vientre fue uno de los crímenes más abyectos, más crueles, de la guerra. A estas alturas, transcurridos más de ochenta años desde su muerte en Ponferrada, Jerónima Blanco debería ser un símbolo contra la violencia y la barbarie. Contra la violencia que emana de todas las guerras y en particular de la que sufrieron nuestros abuelos, y contra la barbarie que se ceba con las mujeres y los niños.

A estas alturas, transcurrido casi medio siglo desde la recuperación de la democracia, nadie en Ponferrada, el lugar donde los mataron, debería dudar de que Jerónima Blanco y sus hijos merecen al menos una calle. Deberíamos preguntarnos, por el contrario, por qué han pasado ya diez años desde que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica lo pidió, sin éxito. Y sentir un poco de vergüenza, al menos, porque en la ciudad de León su nombre ya figure en el callejero y aquí no.

Aquí nos cuesta. Hace más de ocho meses, Ponferrada en Común presentó un ruego en el Pleno del Ayuntamiento para saldar esa deuda, porque ya es una deuda que ha contraído el municipio con las víctimas del conflicto. Y por el momento, el ruego se ha quedado en eso.

Y es estupendo que ahora propongan una calle para Forges; el dibujante merecería una avenida, o un parque en todas las ciudades españolas, porque era un genio, un hombre que nos hizo sonreír mientras denunciaba los males que acechan a este país, que son los de siempre. Y está muy bien que el centenario de la creación de la MSP, la empresa que convirtió a Ponferrada en una ciudad industrial también tenga su reflejo en el callejero. Pero antes de todo eso, antes del dibujante, que no era de aquí, y de los empresarios que vinieron a explotar el carbón y el hierro, acuérdense por favor, de Jerónima Blanco, de su hijo Fernando, y del que estaba por nacer y nunca tuvo nombre. No hay nadie que lo merezca tanto.

a b

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