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TRIBUNA

Ladrones de tiempo

UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS
07/04/2014

 

Quién me ha robado el mes de abril?» Se preguntaba Sabina. Es este uno de los dos casos más graves en la larga historia de la canción española. El otro, como todos sabemos, es dónde estará el carro de Manolo Escobar. Ambos crímenes sin resolver y me temo que prescritos. Deberíamos recoger firmas para solicitar una reforma del Código Penal para que estos delitos no prescriban nunca y que se siga persiguiendo a los autores de tan nefandos crímenes, hasta dar con ellos y que sobre estos impíos caiga todo el peso de la Ley y de la Justicia, sin opción de reducir sus penas ni de ningún tipo de beneficio penitenciario.

De momento, las autoridades no se han atrevido con robarnos tanto —ahora me refiero sólo al mes—, pero todo se andará. Hace unos siglos, ya se atrevieron con sustraernos unos días. Fue el papa Gregorio XIII quien mediante la bula Inter Gravissimas nos ventiló de una plumada —y nunca más preciso— 10 días, haciendo dar un salto con tirabuzón al calendario, para que pasara del jueves 4 de octubre de 1582 al viernes 15 de octubre de 1582. Que yo sepa, a día de hoy todavía nadie ha respondido por tamaño robo, a plena luz del día.

Otra vez, otro año, de nuevo, nos han vuelto a sisar una hora de esta recién estrenada primavera. Lo hacen con nocturnidad, a la misma hora que pasa bajo mi casa el camión de la basura, quizás con la intención de que así les confunda con ellos: a las dos son las tres. Y la moneda de tiempo ya ha desaparecido de mi reloj entre los dedos de estos bastardos prestidigitadores, tahúres del boletín oficial del estado, tamarices sin violín ni gracia.

Resulta que todo comenzó por una guerra, en la que ni siquiera entramos, pero que nos cambió hasta la geografía o más exactamente el meridiano y con él también la hora de salir el sol y la de acostarnos. Investigan en Oxford y nos informan para convencernos de que volvamos al horario de Greenwich de que «España conseguiría, sin costes, mejorar la calidad de vida, el rendimiento escolar, fomentar la salud y disminuir la siniestralidad laboral ganando en productividad y conciliación».

¿Será cierto? ¿Será cierto que con no cambiar la hora conseguiríamos todo esto, sin recortes, sin necesidad de mareas —de tantos colores—, sin manifestaciones, sin desahucios ni despidos? ¿Será cierto que con volver a la hora acorde con nuestras coordenadas arreglaríamos el fracaso escolar, sin necesidad de leyes —de leyes que unos aprueban y al llegar los otros abolen—, que los niños españoles sabrán la tabla de multiplicar y la correcta ortografía (ostia sin h es un puerto, hostia con h es una hostia) si volvemos a la hora correcta? Si volvemos a nuestra hora natural ¿habrá menos infartos y menos accidentes laborales? ¿produciremos más sin tenernos que quedar todavía hasta más tarde en el trabajo?

Si es así, y no tengo por qué dudar del investigador, no sé a qué estamos esperando. Es más, que no nos pasen al de Greenwich, que pasen directamente al siguiente, que llevamos muchos años de atraso y ya va siendo hora de ponernos por delante. Aunque, me hace sospechar de esta panacea el hecho de que tendríamos la misma hora de Portugal y a Portugal de poco le ha servido frente al FMI.

Por la parte contraria, sólo razones de dinero: 300 millones de ahorro, más o menos. Dinero, siempre dinero y unas cuantas bombillas que dejamos de encender.

Lo que yo siento es que me han robado. Una cosa es que yo pierda mi tiempo, pero que me lo roben, eso sí que no. Ayer me robaron 4200 latidos de mi corazón, en esa hora. Ayer dejaron de nacer 9300 niños en el mundo. A las moscas de mayo —sólo viven 24 horas— les arrancaron un año de sus vidas. Y de haberlo escrito ayer, Miguel Delibes, en lugar de Cinco horas con Mario, hubiera titulado su gran obra: Cuatro horas con Mario. ¡Es tanto lo que puede suceder en una hora! Quizás en esa hora que nunca existió alguien hubiera dado con la fórmula para llevarnos todos bien, para que el mundo fuera un lugar de concordia y de paz. Quizás, ese conocimiento revelado, se nos haya esfumado para siempre, por el cambio de hora.

Decía Napoleón que no hay peores ladrones que los que te roban el tiempo. Si encima, estos ladrones esgrimen el arma blanca de un real decreto, estamos hablando, no nos engañemos, de terrorismo de estado contra el tiempo.

 

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