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FUEGOAMIGO

Latín y legumbres

ernesto escapa
20/08/2011

 

Veníamos de un largo recreo en Santibáñez, en los pagos fluviales del Porma, aquella quinta vegetal de molinos, truchas, cangrejos y canales donada por la viuda de Arriola al obispado. Allí fue el secuestro del joven ingeniero por la partida guerrillera, el fracaso del rescate ideado por Arias Navarro con un capitán travestido de dama compungida y el legado de la tristeza en beneficio de Almarcha. Era una finca con una casa rica de labranza, un patio con palmeras, amplios praderíos y frutales. La estancia ideal para el tránsito entre la infancia pueblerina y la sotana. La pena y las nostalgias nocturnas se curaban con hilas de orujo, que nos dispensaba una monja imperativa y amorosa. Había un molinero alegre, triunfador en los aluches de entonces, y un jardinero torvo, de vino agrio y resacas tumultuosas. En clase y en los recreos jugábamos a cartagineses y romanos y siempre perdían los mismos.

Al Seminario de la carretera de Asturias llegamos un año más tarde facturados en la canoa de Genaro. Un recinto escurialense crecido desde las ventanas ojivales de los tránsitos hasta las mansardas de pizarra, rodeado de amplias explanadas pedregosas compactadas con arcilla roja. Como todos los ámbitos cerrados, segregaba su propia mitología, un territorio bastardo alimentado por ingenuas rebeldías, a menudo resueltas con mezquindad autoritaria. El seminario se había construido con los excesos arquitectónicos del nacional catolicismo, como un cuartel más de la periferia. En los sesenta, se plantó en el pinar el repetidor de Radio Popular, cuyas emisiones deportivas a cargo de Lamberto escuchábamos con la galena conectada a los alambres del somier.

Los fríos se aliviaban con una dieta generosa en legumbres y latín. Teníamos una ración cumplida de misas, meditaciones, fútbol y rosarios, pero se cultivaba una formación humanística que luego uno no ha vuelto a encontrar en ningún sitio. La biblioteca estaba bien servida de clásicos. A Bernardino M. Hernando ya lo habían despedido del claustro y nunca me tocó don Antonio de Lama, pero en general tuvimos profesores sensatos. Nunca se oyó en aquellas estancias un canto fascista, ningún tributo ritual al Régimen. Luego, al recalar en el Instituto, me chocó la extravagancia de aquel pestiño que llamaban Formación del Espíritu Nacional y el ridículo colectivo de las clases de gimnasia a las órdenes de un esparaván. Era la réplica civil a nuestra sobredosis de latín, al disfrute placentero de los clásicos, al reto de descifrar la cadencia solemne de Horacio. Casi medio siglo después, una veintena larga de aquellos pipiolos, entre los que brotaron curas y dinamiteros, nos seguimos reuniendo para celebrar el oro de la amistad. Hoy nos vemos en Valdevimbre.

 

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