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TRIBUNA

El leonés, ¿una lengua o dialecto que se debe reivindicar?

 

Manuel Arias Blanco profesor jubilado de Secundaria
09/01/2018

Quizás la lengua propia sea el mayor signo de identidad de un país. Por eso España tiene por derecho propio esta identidad y, además, goza de algunas otras que han hecho de ciertas regiones el estandarte máximo de su pertenencia a la tierra. Sucede con el catalán, el vasco y el gallego. A ello pueden añadirse algunos dialectos no menores como el canario, el andaluz, el extremeño, el leonés o astur-leonés, el aragonés, el murciano, el levantino… Hoy toca centrarse en el leonés.

Me presento como fiel y aguerrido defensor de la lengua propia. Y hay una que recorre de norte a sur todas las tierras, que es el español —mal llamado castellano—. Con ella podemos ir a cualquier parte y entendernos. Mejor sería también dominar otras lenguas —inglés, alemán, francés…—. Aquí sí cabe el dicho que «el saber no ocupa lugar». Dominar una lengua supone, ante todo, poder intercambiar opiniones con otro. Viajas y no te sientes forastero o extraño en ninguna parte porque, en el fondo, conoces al otro en circunstancias variadas. La mayor riqueza de un país está en la condición humana. Es lo que más nos impacta.

Yo no lucho a brazo partido por la imposición de lenguas medio muertas. No merece la pena dejarse la vida en conservar dialectos en franca retirada, en lenguas que no sirven para avanzar fuera de casa. Seamos útiles. Pero, al mismo tiempo, es necesario conservar vocabulario de ese dialecto nuestro, tan arrinconado en la comunicación diaria.

Mi trabajo sobre el vocabulario del vino —ya publicado— y otro sobre los aperos que espera una mano benefactora —Julio, en tus manos está este libro—, avalan este afán por conservar el patrimonio leonés. Vamos a ver si el alcalde de Pajares se acuerda de mí. En su día me prometió sacar adelante este testimonio de la zona de los Oteros. Puede que llegue la ocasión de sentarse y dar luz verde a este esfuerzo por tierras oteranas.

David Trueba, en su última novela Tierra de Campos alude a ciertas voces de labranza que hacen de este vocabulario leonés algo imborrable y meritorio. No en vano cita «rastro, trilla, zoleta, bieldo, parva, arado, mancera, pescuño, chaveta, dental… Detrás de cada palabra hay toda una manera de vivir que conviene grabar para el futuro de las generaciones. Es el pasado que nos hace evolucionar hacia cotas más altas.

Yo he experimentado algunos arañazos del leonés como idioma recluido en pueblos alejados. No había manera de entenderlos porque hemos evolucionado hacia un idioma que lo absorbe y lo universaliza.

La nostalgia no puede hacernos retroceder hacia aquellas formas de expresión. Pero sí es preciso conservar muchas voces antiguas con las variaciones que el actual español nos brinda. Es esa riqueza léxica lo que nos interesa rescatar. Esto, a mi entender, también podría extenderse a otros dialectos dispersos que inundaron las variadas regiones españolas. Hay que mirar lejos y no retroceder.

Por eso mi interés está en ofrecer un elenco de palabras plenamente leonesas que nos ayuden a una mejor expresión. Tales palabras, por citar algunas, son: arimar o arrimar, binar o bimar, ralbar, aparvar, arregañarse, mullir, ceranda, puelme, torquén, vilorta, almirez, badil, escaño, rodea, escudilla, mortera, cogedor, escriño…

Mi acercamiento a la gente de los pueblos para recoger ese vocabulario me ha despertado la necesidad de no echar en saco roto todo este caudal. Hay que hacerlo propio y utilizarlo sin demora para que perviva el espíritu de quienes nos han precedido. Ya sé que muchas palabras han muerto porque la tecnología ha orillado herramientas y aperos hasta no hace mucho en pleno uso. Pero podemos darle otras acepciones que nos reconcilien con las palabras citadas. Es nuestro patrimonio más vivo. Es la herencia más encomiable que podemos presentar a nuestros descendientes.

Estamos a tiempo de aprovechar esa riqueza ancestral, pero pongamos las miras en el futuro. El idioma que nos universaliza es el español y por él hemos de fajarnos hasta la extenuación. No gastemos esfuerzos en batallas perdidas, ni apelemos a la tradición para anclarnos en el desafuero.

   
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