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MARINERO DE RÍO

Letras rajoidianas

 

EMILIO GANCEDO
08/01/2018

Ami madre le pararon por la calle y le preguntaron que cómo no había hecho yo una columna sobre la carta de Rajoy, y a mí mismo, en la cola de la pescadería, mientras elegía dos doradas, me las abres a la espalda, así, muy bien, una señora me dijo que cómo no había escrito yo algo sobre la carta de Rajoy. Cualquier día Rajoy me llama a consultas y me pide explicaciones de por qué no he glosado su famosa carta.

A mí no deja de parecerme una cosa enternecedora que alguien te demande que escribas sobre esto o aquello, como si llamaran a Mures para pedirle una canción de Lady Gaga. Y por eso debo a los de almacenes Antoñanzas y a la señora de la pescadería una explicación urgente: sí, amigos, yo tenía pensado perpetrar una columna terrible e incendiaria, una columna que hiciese temblar los cimientos del sistema y que me pusiese a los pies del artículo 155, en serio riesgo de entrar en la trena con Junqueras, los Jordis y Barrabás, el asesino saduceo.

Yo, señores, iba a hacer una columna brutal e irrebatible sobre la carta de Rajoy en la que tenía pensado a citar a Sartre y a Sun Tzu, a San Agustín y a Averroes, a Baruch de Spinoza y al padre Isla, pero las navidades se cruzaron por el camino con dos lunes sin periódico en los bares y el mundo quedó huérfano de aquella bomba de la que hubieran hablado todas las antologías del columnismo español y posiblemente también el código penal. En realidad, da que pensar la cantidad de cosas interesantes que se quedan en la cuneta atropelladas por el calendario, la pereza o las resacas de caballo, cuántas novelas, guiones o poemarios duermen ahora mismo el sueño criogenizado de los neonatos esperando que una chispa de puro azar —una mirada, un timbrazo, un whatsapp— les haga entrar en germinación.

Vaya, que yo iba a fabricar un texto formidable e incivil en torno a esa carta de disculpa que no fue tal, escrita con el estilo alborozado de un escolar de regreso de un viaje a Perlora (tiene hasta exclamaciones), pero también es verdad que en cuanto leí lo de que nuestro frío «cuaja españoles leales y recios, orgullosos de sus orígenes y su historia», y que nuestra nación «está entre las grandes democracias del planeta», empecé a reír convulsivamente y no pude escribir palabra.

   
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