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CUARTO CRECIENTE

La librería de Friedrichstrasse

 

CARLOS FIDALGO
11/06/2015

En la casa donde murió Enrique Gil y Carrasco sobrevive una librería. Dussmann das KulturKaufhaus, dice el letrero del local que ocupa los bajos de un edificio de estilo neoclásico y tres plantas de altura en la calle Friedrichstrasse de Berlín.

La casa tiene el tejado abuhardillado, dinteles griegos, techos altos y una balaustrada donde nace el bajo cubierta. Y la edificaron en una calle amplia, que no se parece gran cosa a la estrecha Calle del Agua donde nació Enrique Gil en Villafranca del Bierzo, aunque en algunos tramos conserva el mismo aire señorial, no lejos de la Puerta de Brandeburgo y en un barrio muy castigado por la guerra.

La casa donde Gil murió de tuberculosis, un día gris, seguro, del mes de febrero de 1846, tiene aspecto de haber sobrevivido a los bombardeos aliados, al asedio del Ejército Rojo, a la destrucción que asoló la ciudad durante los estertores del nazismo, con Hitler encerrado en el búnker de la Cancillería, a punto de suicidarse. O quizás el milagro consista en la sensibilidad del constructor que rehizo el edificio, lo ignoro.

De cualquier forma, a la casa le nació una librería en el bajo. Y entre los escaparates que muestran los libros a los transeúntes, colocaron en el año 2000 una placa bronceada con el nombre del escritor que recuerda que fue poeta y diplomático, y amigo de Alexander Von Humboldt: viajero, masón, humanista, padre de la Geografía moderna y toda una celebridad en la Corte del rey de Prusia.

La placa la encargó la ciudad de Ponferrada y quince años después, casi se ha convertido en lugar de peregrinación para los bercianos que llegan a Berlín, como el periodista Valentín Carrera, que estos días se ha dejado ver en la embajada española con la misión, sin duda diplomática, de dar a conocer las obras completas del autor allí donde murió.

Y falta que hace. En los Grandes Almacenes de la Cultura Dussmann, en la calle Friedrichstrasse, no venden la traducción al alemán de los amores de Beatriz Osorio y Álvaro Yáñez. «Vergriffen», te dice el dependiente para contarte que hace tiempo que agotaron la edición.






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