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cuarto creciente

Los límites de las sombras

 

carlos fidalgo
17/05/2018

Bernardo Alonso Villarejo se movió durante toda su vida en los límites de las sombras. Y así se tituló el libro del ILC que hace unos años puso en valor su fotografía. Era un cazador de luz como todos los buenos fotógrafos, un maestro del claroscuro que cuidaba la composición, que profundizaba en la expresividad de los retratos y solía incluir en sus encuadres algún efecto que resaltara la escena que estaba captando.

Hombre discreto, autodidacta, buen lector y buen caminante, industrial con fama de honesto, Villarejo nunca pasó de ser un artista aficionado, una sombra más en los márgenes de la fotografía.

Algo parecido le ocurrió a otro gran fotógrafo berciano oculto durante décadas como fue Vicente Nieto Canedo; un creador que solo al final de su vida vio cómo le reconocían su talento y por eso forman parte de los archivos del Ministerio de Cultura las cinco mil fotografías que componen su obra y donde sobresalen escenas rurales en la periferia del Madrid de los años cincuenta que de nuevo recuerdan a las que tomaba Villarejo en la misma época en Bembibre.

Vicente Nieto disparaba al cielo para no matar a nadie cuando era miliciano en la sierra de Madrid y veía acercarse a los soldados sublevados en el verano del 36. Armado con una cámara Leika, o con un Rolleiflez, Bernardo Alonso Villarejo, que intercedió por más de un hombre amenazado por los vencedores en la posguerra, también apuntaba al cielo. Y al campo. Y a los hombres que segaban la hierba y la apilaban en un carro. A los niños que jugaban en la Villavieja. A las ancianas que veían caer la tarde al pie de una escalera. Apuntaba al sol. Y a las sombras.

Villarejo, que también fue un gran viajero, retrató algunas de las grandes ciudades europeas; París, Roma, Lisboa, Venecia. Y convirtió el agua, el baile de la luz en el agua, en un elemento más de su lenguaje fotográfico.

La casa donde vivió en la plaza Mayor de Bembibre, recién restaurada su fachada modernista, puede ser ahora su museo. Una casa blanca, luminosa, que deslumbra a todos los que entran en la plaza y que parece una metáfora de su fotografía. Una casa resucitada a la que solo le falta un efecto para que resalte del todo; las sombras que nos enseñaba su dueño.

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