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cuerpo a tierra

Limones en el trópico

 

antonio manilla
17/05/2017

Aquellos ochenteros limones salvajes del Caribe del anuncio de gel Fa, con una para entonces exótica rubia desenjuagándose bajo el chorro de una alta cascada, fantásticos limones que uno recuerda cada vez que se nos presentan proyectos de futuro como algo cuajado e ineludible, no en fase de promesa sino de realidad inminente, como un sueño que no tiene otra salida que consumarse tarde o temprano. Uno los tenía, a aquellos limones, como la metáfora de todo lo inalcanzable.

En una ocasión, uno le propuso a uno de sus directores una sección para el periódico que consistiría en rescatar ruedas de prensa de un lustro atrás en las que se hubiera anunciado algún megaproyecto, para ver en qué quedó, si había sido llevado a término o se había extraviado en el desván de las promesas incumplidas. Fue hace casi treinta años, cuando cada curso se anunciaba un nuevo órgano para la Catedral, el comienzo de la autopista León-Valladolid y maravillosas escuelas de pilotos. Una época en que en esta tierra solo se cumplía la terrible promesa de los pantanos.

Ha pasado el tiempo y, aunque con mucho esfuerzo, León ha conquistado el derecho a llamarse una ciudad del siglo XX. Llegaron rondas, llegaron los cataríes al fútbol, llegaron centros comerciales, llegó el museo de colores y llegó un órgano para la catedral. Lo hizo el mejor aeropuerto de tierra, peatonal y transitable, del mundo; el Ave de una sola vía; el carril bici con cojines berlineses. Y, entonces, con el sentido del deber cumplido, se renovaron las promesas para el siglo XXII, en el que habrá tranvía, habrá palacio de congresos, habrá quizá una multitud turística combatiendo cada fin de semana por los mejores encuadres para lanzar una foto al sagrado pedrolo de Arroyo, junto a la arruinada muralla romana. De proyecciones poblacionales y soterramientos y nuevas zonas peatonales ni siquiera se habló, porque no hacía falta, eran asuntos que todos daban por supuestos. Atados y bien atados había quedado en el testamento vital de la provincia.

No sé por qué, hoy he vuelto a acordarme de aquella metáfora cítrica de lo imposible, quizá porque he recordado lo que escribió la malograda Margarita Rivière: «la publicidad permite bajar a la droguería de la esquina y encontrar los limones salvajes del Caribe en un simple desodorante. Lo fantástico es que no hay limones en el trópico».

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1 Comentario
01

Por Josep Rien 18:49 - 17.05.2017

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Los limones del trópico no son limones, son limas.Para la lima con ginebra, el "gimlet"

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