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Las llamas de Gaucelmo

 

FUEGO AMIGO. ERNESTO ESCAPA
07/01/2017

Un incendio invernal estrenó el año con un buen bocado en la pendiente de Foncebadón a El Acebo, tramo peregrino cargado de misterio. Al salir de Astorga, se entra en la Maragatería salvando el enigma fluvial del Jerga, para recuperar en El Ganso la contraseña de la senda secreta de los iniciados. El peregrino ya encontró el señuelo de la oca antes de acometer la dificultad del puerto de la Pedraja. Estas claves ponen en relación la senda jacobea con la iconografía de los constructores medievales, que dejaron en tantos edificios la señal simbólica de la pata de oca. Algunos escritores franceses llegan a aventurar que ese juego es una traslación esquemática del camino a Compostela, siendo los canteros sus difusores. De ahí su traza de laberinto y la secuencia de puentes y ocas que lo recorre. A la gente del Ganso no le hace gracia esta coña misteriosa de los franceses con su nombre y en vez de sumarse a la corriente, declinan la toponimia de una colonia de aquellas aves habitante en las lagunas vecinas.

Estas o parecidas disquisiciones entretuvieron los pasos peregrinos por la Maragatería antes de la desaparición y muerte de la norteamericana Denisse Thiem, cuya búsqueda tardó más de lo sensato, mientras el hervidero de la red petaba con historias de molestias y hostigamientos, que venían a enmendar el pregón de la aventura jacobea como “experiencia de encuentro en un ambiente de confianza, amistad, y convivencia segura”. Este brote y su desenlace nos conciernen especialmente, porque la mitad del recorrido jacobeo en España discurre por nuestra tierra. De ahí la importancia de denunciar a tiempo los abusos, sin esperar a que desemboquen en tragedia. Antes de alcanzar el montículo de la Cruz de Ferro, la senda bordea Foncebadón, donde tuvo su hospital de auxilio a los peregrinos el ermitaño Gaucelmo, cuya chifladura desmandada narra Jesús Torbado en la novela El peregrino. Obispos y fieles acaudalados concedieron privilegios y donaciones a Gaucelmo hasta que su hospitalidad cedió a la ventolera de la ambición en soledad.

En la cumbre del devastado Irago, una cruz clavada en la punta de un mástil apresado por un cono de guijarros avisa del carácter mágico del lugar. Se trata del más modesto de los cruceros jacobeos, pero acaso también del más famoso. Porque marca la divisoria entre la Maragatería viajera y El Bierzo ensimismado. En 1982 la curia de Astorga tuvo la ligereza de plantar al lado de la Cruz un garito simplón que estropea la quietud de aquel enclave. Entonces se sucedieron las acometidas atolondradas contra el varal de la cruz, cercenando su frágil arboladura cada dos por tres. El mástil robusto y gordote que ahora la sostiene, carece del encanto de su precario antecesor.

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