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TRIBUNA

Lujo, del latín luxus

óscar M. Prieto.
05/05/2014

 

Si hay algo en lo que hayan coincidido los filósofos a lo largo de la Historia —Platón, Aristóteles, Tucídides, Polibio, Maquiavelo—, cuando dirigen su atención a la cosa pública, al gobierno de la sociedad y a la sociedad en su conjunto, es en que el lujo es el más corrosivo disolvente, la enfermedad letal para una sociedad que, antes de echarse en sus brazos, se mantuvo sana. El lujo corrompe, pudre todo aquello que toca, paradójicamente, con sus destellos y brillos. ¿Qué es el lujo?

El origen de la palabra lujo hay que buscarlo en la lengua campesina, en Latín, luxus nombraba aquella vegetación que nacía espontánea, extravagante y como tal, indeseable por comprometer la cosecha. Lujo son las ramas que nacen y crecen sin ton ni son en menos cabo del fruto, lujo es la vid que crece sólo en hojas, desmesuradamente, en detrimento del racimo. Lujo, en definitiva, es la desmesura, todo aquello que transgrede la justa medida, que la excede sin razón ni sentido.

Pierre Grimal señala que lujo es también la huida de un caballo por estar mal adiestrado. Es entonces, al añadir al exceso inherente a todo lujo, la indisciplina, el desbocarse, la falta de control y de dominio, cuando el lujo se convierte en un concepto de enorme carga moral e incluso política. Para los viejos romanos de la República, el lujo era la gran amenaza contra las estructuras ciudadanas y cívicas, el mayor enemigo de los deberes de todo ciudadano, de los compromisos que debe asumir todo ciudadano para el buen funcionamiento de la sociedad. El lujo era corruptor y corrompía en la medida en que evidenciaba la falta de disciplina sobre uno mismo, el abandono a los instintos, al placer, a la avidez, a la pereza y también al miedo.

Este lujo nocivo y pernicioso, como crecimiento exagerado y desordenado, no sólo se da en la naturaleza. Por desgracia, nuestros legisladores son muy dados al lujo, se exceden legislando, promulgando leyes que nada vienen a aportar, antes bien al contrario, leyes que roban nutrientes, que privan de luz, que cubren de sombra con sus articulados, a la Justicia y al Derecho, los únicos frutos de los que de verdad deberíamos preocuparnos.

Los viejos romanos, tan alerta siempre contra todo lujo, con su innato sentido de lo práctico, con no más que tres principios básicos sobre los que se levantaba su edificio político y social —virtus, pietas, fides, o lo que es lo mismo, disciplina y dominio sobre uno mismo, respeto  y fidelidad a los compromisos— también fueron capaces de acotar con precisión las tres únicas normas que de cumplirse no exigirían de ninguna otra más, tres únicos deberes que sintetizaban en sí mismos lo verdaderamente justo.

El jurista Ulpiano fue quien las formuló en la forma en que nos han llegado: Honeste vivere, neminem laedere et suum cuique tribuere. Así de sencillo: vive honestamente, no hagas daño a otro y da a cada uno lo suyo.

Todo lo demás, sobra, es lujo. Decía Rosseau que «los antiguos políticos hablaban incesantemente de costumbres y de virtud.

Los nuestros sólo hablan de comercio y dinero» ¿Qué diría ahora? Me temo que todo va a ser una cuestión de principios, de que no los tenemos.

 

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