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FUEGO AMIGO

El Lutero español

 

ERNESTO ESCAPA
04/11/2017

Si Cisneros hubiera vivido unos años más, tal vez no hubiera estallado la guerra de las Comunidades y nuestro país habría sido más tolerante con los heterodoxos. Son conjeturas del historiador Joseph Pérez, que resalta su extraordinaria talla de político, adoptado como modelo en la Francia de las Luces. Pero murió el miércoles hará quinientos años en Roa, sobre el Duero. Mientras Richelieu piensa en el interés del rey y en el suyo propio, Cisneros considera ante todo la conveniencia de la comunidad. «Tiene la idea de que la monarquía no es un bien patrimonial, sino una función pública, obligada a rendir cuentas».

Cisneros anhela el bien común, que no es la suma de intereses particulares. En ese sentido, los herederos de su pensamiento político fueron los comuneros, que sostenían que el reino no es del rey, sino de la comunidad. «Los comuneros le dicen a Carlos que él era su funcionario o su mercenario, que ellos le pagan para que defienda el territorio y administre justicia, y que el rey que no hace eso, deja de ser legítimo y se transforma en tirano». Eclesiástico y estadista, procedente de una familia de la baja nobleza terracampina, cursó estudios en Alcalá, Salamanca y Roma. En 1471, fue nombrado arcipreste de Uceda, pero varios enfrentamientos con el arzobispo de Toledo motivaron su ingreso en prisión.

En 1480, y merced a su amistad con el cardenal Mendoza, fue nombrado vicario general de la diócesis de Sigüenza, cargo que desempeñó hasta 1484, cuando decide ingresar en la orden franciscana. Vivió retirado en el convento hasta 1492. Entonces, al ser nombrado Hernando de Talavera como arzobispo de Granada, quedó vacante la plaza de confesor de la reina Isabel, quien lo eligió para el cargo. Al año siguiente, nombrado arzobispo de Toledo, emprendió una serie de reformas de la Iglesia, no siempre bien recibidas entre los eclesiásticos. Luchó por recuperar el espíritu original de la orden de San Francisco, intentó dificultar la creciente concesión de inmunidades y privilegios y se empeñó en una campaña reformista que empezó a plasmarse en los sínodos de Alcalá (1497) y Talavera (1498).

Tras la muerte de Isabel, en 1504, Cisneros ocupó la regencia, se convirtió en defensor de Fernando e impidió el acceso al trono de Felipe el Hermoso. Cuando Fernando volvió de Italia, a instancias del propio Cisneros, éste fue recompensado con el capelo cardenalicio y con la dirección del timón inquisitorial. Convencido de que Juana no podía gobernar, pero sí reinar, le llama la atención a su hijo Carlos y trata de disuadir su urgencia de ocupar el trono, pero cuando se auto designa rey, acepta el hecho consumado y se pone en camino para recibirlo, a pesar de sus achaques de salud, que lo doblegan en Roa.

   
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