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CUERPO A TIERRA

Mar de Datos

 

antonio manilla
08/11/2017

El humor recalentado predomina entre los hacedores de esos mensajes en una botella arrojados al mar de Datos que son los tuiteros e incluso los tuitiriteros. Documentos que se abren, se leen y se olvidan casi siempre, salvo que los coja un juez entre ceja y ceja, casi siempre con razón, porque es fehaciente que en sus contados caracteres también son capaces de expresarse los hijos de puta. Uno incluye en lo que no ignoro que es una descripción corta por las dos puntas, aunque admitida por la Academia —como todo—, a los inductores de cualquier delito, no por devoción hacia el sistema legal sino porque algún referente hay que tener hasta para detectar erratas. El mar de Datos acoge en sus aguas una inmensidad de otras cosas que, por su brevedad, no sé si son útiles más allá de su inmediatez, pero que en cualquier caso destacan mucho menos aunque sean más, no sólo en número sino también en objetividad. Equivaldrían, por así decir, al cardumen de sardinas que gira sobre sí mismo plácidamente hasta que llega irrumpiendo la violencia dentífrica del depredador. Irresistible.

Como es sabido, el mayor basurero del mundo no está en tierra firme sino en el océano, es ese mar de plástico que como una sopa flota en medio de las mareas y que, según se calcula, a mediados de este siglo será más numeroso que el plancton y peces que circulan por las aguas. Ya han aparecido cachalotes varados en las playas con la barriga repleta con envases de nuestra nutritiva comida rápida y la mayoría del pescado que llega a nuestras mesas viene policarbonatado con los microplásticos que maxicolonizan los mares. No todo lo que usted pisa en la playa es arena, igual que no todo cuanto lee en las orillas del mar de Datos es opinión o humor.

Mongolia —el nombre que algunos proponen para este mar de Datos— es un país sin acceso al mar y una revista y un lugar amable y cálido que acoge en su seno incluso a los desechos mentales voluntarios de una sociedad que se está volviendo complaciente espectadora con el insulto, la amenaza y la injuria. El bufoneo se nos está yendo de las manos y la lapidación y la picota, no lo olvidemos, son diversiones medievales. O lo eran, porque a todo le vuelve, hasta a lo peor, su revival.

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