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TRIBUNA

Monárquicos y republicanos

 

Monárquicos y republicanos -

Jesús María Cantalapiedra Escritor
05/01/2017

Últimamente se escuchan con mucha o demasiada frecuencia los términos República y Monarquía, utilizando argumentos muy elementales (en centros tabernarios) los defensores o detractores de las respectivas formas de gobierno. Personalmente, guardando para mis adentros íntimas opiniones, supongo que ambas opciones pudieran ser buenas, siempre y cuando «la dicha sea buena». Aquí al lado, en la Europa central o norteña, tenemos magníficos ejemplos de buen funcionamiento de las dos alternativas.

A raíz de la lectura de un agresivo artículo del rotativo New York Times aparecido el día 7 de noviembre pasado, en el que se ponía ‘a caldo’ al rey Felipe VI, espoleo levemente mi memoria y me atrevo a elucubrar sobre el dúo República-Monarquía. En España es difícil aventurar el porcentaje existente entre unos y otros seguidores. Aparte del manido «no sabe, no contesta» (más bien con contesta), la proporción depende de muchos factores: edad, momentos concretos, clase social, educación histórica, tradición familiar y un largo etcétera de factores que justifican con más o menos acierto las querencias o empecinamientos de ambas tendencias.

Los antimonárquicos aducen el por qué los hijos, hijas o parientes de los reyes, pueden heredar la Corona y llegar a ejercer como jefes de tal o cual Estado, aunque se trate de una Monarquía Parlamentaria, en la que el Rey no gobierna, sino el pueblo por la vía de sus representantes elegidos democráticamente. ¿Vale? Mas, a falta de las deseadas listas abiertas, los primeros números de las candidaturas, son adjudicados por los respectivos secretarios generales o presidentes de los partidos. El pueblo, pueblo, les elige en segunda instancia, según creo entender. Los inclinados por el régimen monárquico afirman que es un legado histórico no enajenable. Sin embargo, al rey Fernando VII, ‘El felón’, tuvo que ser desplazado de las glorias del cetro. A otros, por el expeditivo método de la guillotina o diferentes medios sustitutivos. Y dejo esta época de confusión y vaivenes, pues suelen causarme alteraciones y dolor en el nervio trigémino. Como un arrebato. ¡Qué época, Santo Dios!, con Pepe Botella metido por medio aunque fuera hermanísimo del Emperador francés.

Así que me acerco a tiempos más cercanos y a mi pasmo al observar los nuevos modos de sucesiones en distintos poderes, muy parecidos a la continuidad en el edén monárquico.

A saber: señoras que alcanzan alcaldías (tan importantes como ministerios), debido a la condición de expresidente de Gobierno de su cónyuge; esposas de ex presidentes sudamericanos que acceden a la Presidencia de la República por ser vos quien sois; mujeres que encabezan la candidatura del país más democrático del mundo por la misma razón (y además pierden los comicios y los gana un grandón rubio circense); el hermano del ‘Comandante’ se hace cargo de la Revolución Cubana por el artículo 16. ¿No recuerda el sistema de sucesión monárquico?

Y para qué hablar del funcionariado de delegaciones de ministerios, instituciones, ayuntamientos y otros cargos públicos. Están llenitos de sagas familiares de primera, segunda y tercera generación. El abuelo o bisabuelo ganó unas oposiciones y, a partir de ahí, comienza la sagrada e histórica línea sucesoria por la gracia de Dios o del pariente lejano o no: hijos, nietos, sobrinas y sobrinos, cuñados, cuñadas y demás familia. Desde conserjes a jefes de negociados, forman parte de la ‘casa real’, o por la real gana de continuidad administrativa-menestral de parientes y políticos. Tirios y Troyanos, aun irreconciliables, utilizan la tácita o la negociación con la contra. Y en esas estamos: «contemplando, como se pasa la vida… tan callando». Sí, callando.

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