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MARINERO DE RÍO

Monstruos

 

EMILIO GANCEDO
02/07/2018

Hay monstruos viviendo entre nosotros, aunque la mayoría de las veces resulte difícil reconocerlos. Suelen tener aspecto humano, buenos modales y huelen bien. Puede que hasta reciclen sus residuos y se acuerden de los cumpleaños de sus madres. Quizá tengan días, temporadas completas en las que no sean monstruos en absoluto, y se trate sólo de seres arrastrados por las mareas de la vida que intentan capear el temporal, y buscar su lugar en el mundo. Lo que está claro es que en ciertos momentos, y a causa de ciertos impulsos, un poco como si la luna se diese la vuelta y mostrase su cara oculta, emerge la fiera que les dormitaba en el interior, librada de todas las cadenas y cerrojos que la sujetaban, y sale afuera sembrando el caos a su paso, y las lágrimas y el desastre.

Y es difícil volver a mirar esas caras y adivinar lo que de hombre había, o hay, en ellos.

En los sanfermines de 2008, un joven licenciando en Medicina de 27 años —especialidad en Psiquiatría—, Diego Yllanes, violó y mató a golpes a una estudiante de enfermería de 20, Nagore Laffage. Acabó con ella en su piso, en el mismo bloque de Pamplona en el que yo mismo viví durante tres años, de ahí lo mucho que me consternó el caso. El tipo fue condenado a doce años y medio de cárcel pero ya está en libertad condicional, e incluso durante un tiempo ejerció en una clínica privada. Su rostro —ojos claros, blandos, un poco inexpresivos— miraba el mundo desde la página web del centro, no sé si como pidiendo perdón o como diciendo: ‘No soy tan diferente de ti’. La pasada semana, un conductor borracho atropelló y mató a un matrimonio de ciclistas que hacía el Camino de Santiago y dejó a su hijo de doce años lesionado, huérfano y herido en el alma de por vida. Hay que tener dentro un raro y repugnante monstruo para quintuplicar la tasa de alcohol, coger el coche y lanzarlo a toda velocidad por las rectas carreteras de la llanura leonesa.

Algo ha fallado en el interior de esas criaturas nacidas como seres humanos, algo se rompió o se desató, algo hizo clack. Quizá no podamos nunca impedir que algo se suelte en esta raza, que algo falle o reviente. Lo único que podemos hacer es dar todo, todo nuestro amor a las víctimas que los monstruos dejan a su paso, porque ese amor es justamente lo contrario de la bilis negra que también llevamos dentro.

   
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