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Morano

 

LA GAVETA CÉSAR GAVELA
13/05/2018

Juan Morano Masa, alcalde de León durante 14 años, fue un populista. Un predecesor. El único político leonés de todo el período democrático que tuvo seguidores acérrimos, gente que se liaba a puñetazos por la calle si alguien hablaba mal de su jefe. Morano organizó hábiles y novedosas ceremonias públicas de cuño leonesista, manejó bien sus talentos para la polémica, y siempre fue diferente y complicado. Lo resaltable es que siguió igual cuando dejó los predios provincialistas para incorporarse al PP, donde tuvo un papel ya de menor relieve, aunque de muy largo recorrido. Nunca dejó de ser un hombre legítimamente díscolo y autónomo, tal vez caprichoso. En todo caso, su trayectoria es un mérito en nuestra estabulada partitocracia, tantas veces insufrible. Morano, equivocándose o no, iba siempre por libre.

Yo no lo conocía personalmente pero una noche de hace unos quince años, me lo presentó un gran amigo común, el abogado Luis Alfredo González, condiscípulo en la infancia, recuperado hace décadas. Luis una noche, estando los dos en Ponferrada, me propuso una velada con Morano. En la cafetería Magel, de la zona alta de la ciudad. Allí estuvimos conversando hasta las tres de la mañana. El negocio cerró las puertas a la hora correspondiente, y gracias a la benevolencia del dueño, continuamos nuestra charla, casi siempre protagonizada por Morano, un hombre lúcido y vehemente al mismo tiempo.

¿Y de qué hablamos? Pues casi exclusivamente de Ponferrada, la ciudad donde Morano se había fajado profesionalmente en su juventud. Y donde se casó. Yo no lo identificaba con el Bierzo, y además él era de Madrid, con orígenes extremeños. Un pequeño puzzle más aparente que real porque Juan Morano Masa era un leonés adoptivo, también un berciano que tenía una segunda residencia en Congosto, uno de los pueblos que mejor ha sabido conservar la esencia arquitectónica de la comarca, y que es un ejemplo, como tantos otros ya, por fortuna. Pensemos en San Facundo o en la prodigiosa Peñalba.

Morano era un narrador apasionado. Aquella noche nos contó infinidad de anécdotas, y comentó muchos asuntos cómicos, atrabiliarios e incluso policiales de la Ponferrada de los años 60 y primeros 70. Su relato era divertido y fundamentado. Su memoria era sensacional y minuciosa. Yo no le vi entonces como un hombre muy interesado en la política, aunque le faltaba todavía una década en los parlamentos nacionales. Me dio la impresión de alguien que ya estaba un poco de vuelta de la vida, y que era feliz en su retiro de Congosto. Y en la evocación de algunos de los infinitos personajes inefables que el Bierzo produce. Fue una velada feliz, en la que disfrutamos todos mucho, aunque alguna vez sentí la daga verbal, abrupta y rigurosa, de las acotaciones de quien había sido el más célebre alcalde de León desde la recuperación democrática. Descanse en paz.






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