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Móvilpandemia

 

javier tomé
05/08/2018

Aviso al lector: esta columna se basa en hechos absolutamente reales. La pantalla digital y sus tontos embelecos, de esos que te ponen el cerebro a cocer, han hartado a las autoridades de Tráfico, que piensan endurecer las sanciones por el uso al volante de dicha juguetería electrónica, convertida a base de abusos y cretinismos en un arma masiva de destrucción social y cultural. Creo que soy bastante tolerante con la sandez ajena, y hasta con la propia, pero lo cierto es que cuando oigo la alerta de llamada en un espacio público me entra una suerte de pajarraca, seguida por el impulso irresistible de embestir contra el perpetrador de semejante perfidia psicológica. Porque entre la conjunción de miserias y turbaciones que nos acongojan, se cuentan sin duda las dichosas redes sociales que captan y conectan a millones de personas y, con ellas, buena parte del pastel publicitario. Y puesto que la verdad nunca acaba de pasar de moda, hay que defender del ruido agresivo y de otros efectos colaterales a la gente sencilla del pueblo llano, por correr el riesgo cierto e inminente, como Don Quijote, de perder el seso .

A manos, claro, de la triunfante revolución digital. Tecnología es, por definición, cualquier cosa que no existía cuando yo nací, así que reconozco que en lo tocante a dicho asunto soy un poco retrógrado. Los móviles han abierto un mundo de posibilidades en todo tipo de ámbitos, pero al mismo tiempo son responsables de infinidad de conflictos familiares y sociales. Ver a niños y adolescentes pegados a sus teléfonos como si en ello les fuera la vida, ajenos a las realidades que continuamente les salen al paso, produce una sensación muy triste. El sistema tiene la costumbre de favorecer al bando más numeroso, en este caso el de los disfrutones de móviles, aunque el asunto presenta un balance inquietante, capaz de empujar a los mandamases de Tráfico a controlar el uso de la que ya es primera causa de muerte en la carretera. Vivimos en una época mediática, poco culta y menos lectora, así que la epifanía de la verdad revelada exige tomar medidas extremas.

   
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