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TRIBUNA

Navidad emigrante

Manuel Garrido escritor
03/01/2017

 

Hacia 1910, cuando contaba 17 años, Joaquín Cañal salió de Trabazos, en el municipio cabreirés de Encinedo, rumbo a Cuba. Muchos cabreireses emprendieron por esa época el camino de la emigración hacia Cuba y Argentina. Hay que recordar que la población había crecido mucho y en 1901 sumaba 10.500 habitantes, 262 aportados por Trabazos, en 39 núcleos: demasiada gente que mantener con los recursos contados de siempre. No había otra salida que la emigración y ese fue también el camino tomado por Joaquín. Y su aventura le quedaba grande, como a todos, pero al menos él podía contar en Cuba con el apoyo de su tío, también llamado Joaquín, dueño de una historia singular. Le había tocado hacer la mili en Cuba y allí estaba cuando estalló la guerra que terminó con la independencia de la isla. Ya licenciado, decidió quedarse y tras los estudios reglamentarios se ordenó sacerdote para ejercer en la provincia de Camagüey. El sobrino estuvo con él un tiempo y luego dio el salto, no infrecuente entre los emigrados, a Nueva York, donde perfeccionó su oficio de sastre, cuyos rudimentos había por cierto aprendido en su pueblo. Después volvió a Trabazos para casarse, y retornado a Cuba con esposa y una hija, se estableció como dueño de una sastrería y una tienda de tejidos en Lombillo, Camagüey. Y las cosas le iban bien hasta que el crack bursátil del 29 dio al traste con todo. Decidió entonces volver para España y antes de la guerra civil ya estaba en Trabazos. Por cierto que después de la guerra también el tío volvió, y estuvo unos años en la parroquia de Lomba, pero no pudo adaptarse a la vida cabreiresa y regresó definitivamente a Cuba, donde murió.

Joaquín Cañal recordaba siempre con nostalgia sus años juveniles en Cuba, así como su estancia en aquella gran urbe que no cabía ni en la imaginación, donde perfeccionó su arte. Para un emigrante como él la navidad era el tiempo mayor de la nostalgia, y dentro de ella las celebraciones de la Nochevieja, porque ese era el día de lo que llamaban «el escote», consistente en el aguinaldo del cura a los mozos que cantaban la misa desde el coro de la iglesia en cuya viga inferior transversal sobresalían, asomadas a la nave, unas cabezas de cantores con rasgos muy marcados de una expresividad parecida a la de las máscaras antiguas; con ese aguinaldo compraban el vino y el aguardiente y después cada uno aportaba los elementos comestibles, como chorizo y tortilla, para la cena de nochevieja.

Pero antes de la cena mozos y mozas hacían la procesión de las «lloyas» (término que alterna con la variante «loyas», según pueblos y también personas), dichos en forma de copla y con un toque de picardía para el jolgorio, referidos a sucesos y personas del pueblo. Engalanaban un carro y ataban «fachizos» (pequeños hazes) de «palla» bien prensados en los «estadoyos» (palos verticales encajados en el bastidor o «piértigas») a los que prendían fuego para iluminar el camino. El carro era llevado por los mozos hasta la era de la Mata, donde se entablaba la contienda «loyística». Al premiado lo llevaban al año siguiente montado en el carro junto con un músico tocando la flauta y el tamboril. Joaquín recordaba que un año había sido premiada esta «lloya» de un tal Casiano: «La Xepa y el Domingo/ anduvieron rebecando/ y nació un niño». No era gran cosa, pero en cambio tenía la esperada dosis picante en la mención de dos nombres unidos por la gracia pícara del verbo «rebecar», reservado para los juegos amorosos que remitían a los ritos y lances del apareamiento entre los animales de mayor presencia en la vida cotidiana, cabras y ovejas en particular. Imaginamos el aire nocturno golpeado por el tamboril, las voces y los «rijijidos» que rasgaban alegremente las gargantas y la noche. Respondían por cierto allá abajo en el fondo del valle los mozos de Encinedo que hacían una procesión similar en el Oteiro y la noche resonaba entonces gemela y fascinada.

Este tipo de manifestaciones populares festivas con esa escenografía exaltada y nocturna despierta la intriga sobre sus orígenes o raíces posibles. Si se recuerda que este territorio acogió largo tiempo costumbres y usos romanos, acaso fuera en efecto posible evocar antiguas procesiones de bacantes con su vara de tirso engalanada, perdidos ahora los matices y comportamientos más escabrosos, ya no digamos lúbricos, cuya huella última podría apreciarse en las picardías que decía. Entrañable paréntesis en todo caso de gozo y desenfado con su toque de transgresión, ahuecado en la noche campesina: así era por todos vivido con entusiasmo y así también no menos vívidamente lo sentía Joaquín Cañal impreso en sus recuerdos emigrantes.

Aquellas antiquísimas procesiones de una exultante religiosidad pagana se perdieron. Estas otras, cuyo origen podemos suponerlo también muy antiguo y quién sabe si relevo, como decía, de aquellas (cierto es que podadas de aspectos inconvenientes y por el contrario convenientemente bautizadas con un toque navideño), tampoco sobrevivieron y se perdieron asimismo en esas primeras décadas del pasado siglo.

 

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