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Los niños de la nieve

 

LA GAVETA CÉSAR GAVELA
14/01/2018

Ya ha venido la nieve a Ponferrada. Cuando yo era niño su llegada era la victoria de la alegría y de la luz. Porque pintaba de blanco lo que era pardo, férrico, gris o feo. O barro negro y charcos de las enormes instalaciones que la MSP tenía al oeste del barrio de la Puebla.

La ciudad de los niños, la urbe eléctrica y térmica, de fundiciones y fábricas de cok, de flotas de camiones-volquete cargados de antracita; la ciudad interminable de aquellos chavales, era modesta y aburrida. Y llena de personas mayores que, por lo general no nos parecían guapas, ni cercanas, aunque lo fuesen. Porque para los niños las gentes de edad forman parte de un mundo que está fuera de su escala infantil. Un mundo que también se frecuenta y se quiere, pero que en el fondo ni se entiende bien ni interesa gran cosa. Solo el fútbol unía a niños y grandes: la humilde pasión por la Ponferradina y sus partidos épicos, y tantas veces bajo la lluvia en el tapiz verde de Santa Marta. Donde cada espectador era un personaje literario. Yo, desde luego, a todos los que recuerdo de aquellas gradas los veo así: gentes de la niebla y el estupor, de la música verbal del Bierzo, tan peculiar, de las viejas retrancas que vienen del campo y de los bares.

Dos momentos en el año rompían la monótona existencia de los escolares de una ciudad de tantas, pero que era la nuestra. La pequeña ciudad que nos había tocado en suerte y que nos hacía sentir envidia de los que vivían en Madrid o en Barcelona. O en las más cercanas Oviedo, Valladolid o La Coruña. Muchas envidias y en realidad ninguna. Porque lo pasábamos bien en la capital del Bierzo y porque nos sentíamos hijos de Ponferrada. Sin reparar mucho en el asunto.

Esos momentos de magia de cada año eran el circo y la nieve. Los circos que venían en el verano. El familiar Atlas, que nunca faltaba en las fiestas de la Encina. Pero sobre todo otros circos, inesperados, más prodigiosos. Y entre todos ellos, recuerdo el de Los Vieneses, nombre que sonaba a café, pasteles, a música y lejanía. Los Vieneses. Ver la caravana de sus diez o doce camiones pintados de blanco bajando por la calle general Vives fue una de las mayores emociones que viví en mi vida.

El otro momento sagrado y anhelado era la nieve. Nunca se sabía el día ni la hora, pero en cada invierno nos visitaba varias veces. La nieve, que lo cambiaba todo. La ciudad se volvía pura; se volvía agua y extrañeza. Y también silencio, ese silencio que solo la nieve otorga, incluso a pesar de los estruendos fabriles. Silencio y nieve. Y un tiempo que corre de otro modo. Para que nos sintiéramos en un lugar misterioso de la vida. En el que los sueños se disparan. Y así nos fuimos metiendo en la memoria, sin saberlo, y en la belleza; y en la distancia. En esa distancia del mundo que nos hace ser mejores. O diferentes. Acaso más lúcidos. En medio de la nieve.

   
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