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MARINERO DE RÍO

No lo van a arreglar

 

EMILIO GANCEDO
17/04/2017

Un joven del Alto Sil, con sus estudios universitarios, su impecable currículum de ingeniero y sus buenas vueltas por el mundo adelante, ha decidido volver al valle natal para hacer lo que incontables generaciones de paisanos suyos practicaron antes que él: vivir y sacar adelante una familia con los recursos —los excepcionales recursos— que se extienden por allá, infinidad de campas, bosques, corradas y praderías alfombrando val.les y l.lombos. Vivimos tiempos decididamente extraños cuando este asunto, el más antiguo y común de la raza humana; o sea, sustentarse con lo que hay delante, imaginar las posibilidades del paisaje propio, humanizarlo y establecer alianza inteligente con él; es o ha de ser noticia de portada en los periódicos impresos y cierre optimista y como pintoresco en los televisivos.

Y esto será así, muy probablemente, porque nos hemos olvidado de leer el entorno natural en que vivimos, porque ya no sabemos verlo como aquello que en gran medida nos posibilita y modela, y porque, para la mayoría de la gente, supone sólo un escenario de fondo, una tramoya de cartón pintado que cuelga a ambos lados de la carretera y de la que sólo pueden decirse cuatro tópicos insustanciales. Sabía leer el cielo es el título de un excepcional libro de Timothy O’Grady y, lo mismo que aquel irlandés, nuestros abuelos conocían de memoria los romances de las brañas, y las novelas que contaban los campos de centeno, y las epopeyas del surco, la trilla y el arado.

Lo más curioso es el gesto de incredulidad con el que miran al chaval ciertos exponentes de la generación de sus padres. Los parados y los prejubilados se asoman a la muria, lo ven arar y remover la tierra, y mueven la cabeza como si fuera aquello el peor de los presagios. Y carraspean y filosofan en el bar: «Pero hombre, digo yo que esto de la mina lo arreglarán…».

Pues no. No van a arreglar nada. Y todo indica que aquellas empresas colosales y paternalistas se fueron para no volver. Si permanecemos quietos, esperando que un Vitorino de turno baje del cielo como un Deus ex machina con una lluvia de millones y martillos neumáticos, vamos listos. Estamos solos, y de nuevo tras el espejismo industrialista, únicamente contamos con la fuerza de nuestras manos, la potencia fecunda del paisaje y el poder infinito de nuestra imaginación.

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