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TRIBUNA

La nobleza de don Luis de Sosa, nacido en VidanesLa economía astorgana en el umbral del sigloxxi

 

Alfredo Cabezas Ares JOSÉ ANTONIO LLAMASAlfredo Cabezas Ares JOSÉ ANTONIO LLAMAS 03/02/2008

Astorga comenzó el siglo XX como un núcleo de comunicaciones, tanto por carretera como por tren. Con un tejido empresarial amplio, sólido y dinámico. Con una influyente posición de políticos astorganos y comarcanos en Madrid (varios ministros en incluso con un primer ministro en el primer cuarto del siglo XX), que se ocuparon de solucionar los estrangulamientos y las carencias de infraestructuras adecuadas en la época. No parece esa sea la situación en la que finalizó el siglo. Por un lado tenemos un claro estancamiento poblacional en la ciudad con una disminución de casi mil habitantes en los últimos 25 años del siglo XX. La situación de la economía astorgana, si partimos de su mercado de trabajo, no constata un aumento en el número de personas que cotizan a la seguridad social en ese período. Bien es cierto que el contexto del resto de la provincia no es muy fav orable, pero hay claras excepciones de municipios que han seguido una senda muy diferente, y que han aprovechado sus potencialidades y que han sabido superar las carencias que tenían y se presentan en el siglo XXI con los deberes hechos. Es el caso de Valencia de Don Juan o Ponferrada, como los más destacables. Pero mientras que nosotros padecemos la falta de preocupación de nuestros gobernantes por estos temas y, por la inexistencia de un clima adecuado que favorezca la inversión, pública u privada, en nuestra ciudad. Concretar dónde vive una familia se explica, al menos en parte, por la existencia de unas infraestructuras educativas y sanitarias adecuadas y modernas. En el primer caso en Astorga estamos al menos igual que al inicio del XX; en el segundo caso hay déficit importante en las prestaciones sanitarias. En la comarca de la Cabrera, las familias deciden no vivir allí por la falta de ambas o de al menos una de las infraestructuras anteriormente citadas. Que tomen nota nuestros políticos y que dejen de hacer interpretaciones sectarias y partidistas. En cuanto a cómo crear un ambiente adecuado para la inversión, además de tener un polígono industrial, con oferta de suelo constante a lo lago del tiempo y con reserva de suelo para posibles inversiones, se deben favorecer plazos, agilizar trámites, conseguir líneas de financiación preferentes, etcétera, y, por qué no, subvenciones municipales. ¿O es que alguien las prohíbe? Como bien decía un secretario de ayuntamiento sabio y con mucha imaginación: tenemos agua, un valor en alza, tenemos terrenos baratos e infraestructuras ferroviarias desde la primera mitad del siglo XX ¿Alguien ha pedido un puerto seco para los puertos de Gijón, Vigo y La Coruña? Pues sepan ustedes que somos el único lugar comunicado por ferrocarril con esos tres puertos y que podríamos albergar un puerto seco que diera servicio a los tres puertos antes mencionados con e l consiguiente ahorro de costes que ello supondría y sin necesidad de realizar inversión ferroviaria alguna. Si somos el lugar idóneo, desde el punto de vista económico, para ubicar un centro de tratamiento de residuos sólidos, es decir entre León y Ponferrada, más próximo a León que a Ponferrada, también lo somos para que se ubique un puerto seco, ¿o es que sólo nos vamos a quedar con lo que no quiere nadie? Ahora que este prócer leonés, el coronel Luis de Sosa, anda en los papeles, no por su culpa sino por la de quienes se afanan en averiguar lo que sucediera en la ciudad de León en aquel lejano 24 de abril de 1808, y cuál fuera la participación del personaje en aquellos eventos, rebusco en la documentación que recogí en el año 2003, con ocasión del tercer centenario de otro paisano suyo de Vidanes, el Padre Isla, acerca del cual publiqué el libro: «Padre Isla que estás en destierro». En la casa solariega de los Sosa de Vidanes había nacido también, un 24 de abril de 1703 (¡casualidad!) el que habría de ser uno de los personajes más populares del siglo XVIII de los que han pasado a la historia; y aunque los Isla no pertenecían a la familia de los Sosa, sí que vivieron allí tres años y algún trato tendrían con los de esa estirpe de la que salieron también obispos y ministros (los Díaz Caneja Sosa) amén de este Don Luis Ramón Pelayo, el ilustre liberal al que los leonesistas de hogaño tratan de rescatar del olvido, lo mismo que, al parecer está intentando hacer el historiador Óscar González que fabrica su tesis sobre el personaje y que participa en el debate. Los primeros Sosa que aparecer en los libros que se conservan datan de 1687, encabezados por Luis de Sosa Canseco y José de Sosa Canseco, éste último sacerdote a cargo del curato de Palacios de Rueda. Pronto la familia se entrelaza con los Villapadierna y los Tovar hasta dar en este Luis Pelayo Ramón Sosa Rodríguez Tovar Suárez, cuya partida de bautismo ha publicado en el libro citado. Pero antes hubieron de andar por allí los Castro, ya que en el escudo, dividido en cuatro cuarteles, amén de los Sosa, los Villapadierna y los Canseco, figuran también los Castro. Al margen de la polémica que estos días mantienen los expertos en historia con el fin de deslindar lo que de falso y verdadero pueda haber en lo que se nos ha contado en referencia a ese famoso 24 de abril de 1808 yo quisiera, con la sensibilidad que se le supone a un escritor, resaltar el hermoso lema que figura en el escudo «Nobilitas manet, pecuniae deficiunt», que traduzco: la nobleza perdura mientras que la riqueza termina por acabarse. Y, en efecto, la fortuna debió acabarse, pues que por los Libros de Actas vecinales se puede deducir que la hacienda de los Sosa, familia de abolengo, bajo el feudo del marquesado de Astorga y casa de Altamira (los Osorio) a la que servían, se fue diluyendo y fraccionando, llegando a figurar ya sólo como arrendatarios y cobradores de algunos derechos a los vecinos, antes de desaparecer de las anotaciones vecinales por completo, por su marcha a la ciudad. Ardo en deseos de que el historiador citado publique su tesis para, con el menor esfuerzo por mi parte, seguir el rastro de esta gente de Vidanes, pues que yo, al seguir el del Padre Isla, quedé tan impresionado por su avatar personal y literario que desde entonces acá no dejo de proclamar a los cuatro vientos que, detrás de don Pedro, de La Vecilla y el berciano Gil y Carrasco, viene el jesuita insigne como tercer valedor y antecesor del actual boom de la literatura leonesa. Como miembro destacado de ésta (de la literatura leonesa), quiero citar al hijo de Don Luis Pelayo, el poeta Carlos Félix de Sosa, al que hemos dado en atribuir el hermosísimo poema que canta las glorias de Vidanes, la patria de todos ellos y que comienza diciendo «Diome vida Vidanes» y que describe el lugar como un «locus amoenus» digno de haber sido escenario de las andanzas de los pastores amigos y amantes de la bella Diana de Jorge de Montemayor (que era de Mansilla de la Mulas) Lo transcribo para deleite común y solaz de los historiadores litigantes: «Diome vida Vidanes, centro hermoso/ de regalado suelo/ de puro clima y despejado cielo./ Breve recinto (si antes anchuroso)/ en plácida llanura/ que acrece y embellece su hermosura/ con perspectivas gratas y variadas./ Del Esla relucientes las cascadas/ sus márgenes frondosas/ anchas vegas herbosas/ al par de las colinas arboladas/ erguidas suavemente y coronadas/ que su curso constante al sol enseña/ de la encimada peña». La nobleza del lugar pudiera haber estado en el origen del lema del escudo y penetrado el ánimo de la progenie del ilustre prócer, quien, por mor del leonesismo, ha venido a ocupar un lugar entre los héroes leoneses de la rebeldía contra la opresión, a cuya cabeza debemos situar a Corcota, y después a Bernardo del Carpio. Curiosamente, también a ellos les viene al pelo el famoso lema del escudo de Vidanes. En mi dorada infancia, desde la casa en la que nací, frente a la casona de los Sosa, hube de presenciar, aterrado, el incendio que devoraba la techumbre y, encerrado detrás de la reja de mi ventana, contemplar cómo Tomasa y Leonarda, las ancianas inquilinas de la casona, trataban inútilmente de salvar algunos de los libros de la inmensa biblioteca de los Sosa, algunos de cuyos ejemplares se salvaron.



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