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TRIBUNA

Nosotros estuvimos allí

 

Nosotros estuvimos allí -

18/03/2014

Por lo que últimamente se viene haciendo dentro del ámbito cultural, León bien merece la calificación de cum laude, si por el número y calidad de movimientos de esa índole hubiere que juzgar. ¡Quién nos lo iba a decir cuando no ha tanto tiempo el cultivo de las artes era, más que manifiestamente mejorable, rara avis aleteando sobre cazurro yermo! En cambio, no muy lejos de aquí, por tierras charras, la profusión cultural hacía correr el dicho: «En Salamanca, das una conferencia o te la dan». Hoy, en León, pese a la diáspora de sus gentes más formadas e ilustradas, raro es el día en que no haya una mesa redonda, presentación de libro (de autores locales en su mayoría, que se queman las pestañas en los archivos a costa de su bolsillo para rescatar la historia, costumbres y tradiciones de sus pueblos), charla, conferencia, exposición, jornada sobre esto o aquello, o concierto de la profusa Eutherpe al empuje incansable de Margarita Morais. Tantos actos culturales se agolpan cotidianamente y a la misma hora que da lugar a lo que Crémer llamó «atajantes» o «atajadores». Próxima ya la Semana Santa, al igual que el fervoroso seguidor de procesiones y desfiles no se resigna a una única demostración musical de trompeteros y redoblantes corriendo de calle en calle para estar de continuo en ellas, existe también el «deámbulo» o «deambulante» de las letras que, desafiando la ley de la ubicuidad, va de una sala a otra.

Y, de vez en cuando, un acontecimiento cultural de mayor enjundia exige el difícil trabajo y costoso engarce de voces e instrumentos, máxime cuando, por carecer de pasta institucional, la representación queda a único revoco del respetable público. Que no hay modo de convencer a quien corresponde que la cultura no es gasto sino inversión. Últimamente ha habido dos acontecimientos culturales extraordinarios, ambos musicales y populares relacionados con nuestra pulcra leonina: la inauguración del nuevo órgano catedralicio y el oratorio La catedral de cristal. Ya era hora que se le rindiese homenaje debido, músico-literario, a nuestro máximo monumento arquitectónico que, pese topos, terremotos, incendios y gárgolas desprendidas como lagrimones, sonríe constantemente sobre la ciudad con su talle gentil de mocita mañanera. De la celebridad del órgano ya nos ocupamos en su día. Demos paso ahora al que nos acarició los oídos el pasado día 1 de marzo en el Auditorio durante su estreno absoluto. La pieza tiene forma de oratorio en cuatro tiempos. En este caso, una especie de sinfonía sacro-profana, con alternancia de tonos melódicos, épicos y recitatorios, instrumentada por la Orquesta Sinfónica Ciudad de León Odón Alonso, voces corales a cargo del Coro Ángel Barja y los solistas Ignacio Encinas, Marta Arce, Alfonso Baruque y Conchi Moyano, todos ellos bien coordinados por la batuta del rumano Dorel Murgu. Música y texto son obra de leoneses. Pese a su juventud, Igor Escudero Morais, (León, 1977) ha compuesto ya varias óperas, obras corales y música para cine, teatro y audiovisuales, suficiente currículum para un reto que requería experiencia y exquisita sensibilidad. El libreto es obra de Pedro García Trapiello (Manzaneda de Torío, 1952). No podía caer en mejores manos.

En primer lugar, por ser gran conocedor de nuestra historia. En segundo lugar, por su calidad como escritor, a través de un estilo fresco e innovador en la elección y engarce de las palabras con que nos deleita en los variados temas de su columna diaria. A lo que se suma una voz que sólo por lo bien timbrada y expresiva la hace completamente convincente. El texto de La catedral de cristal reafirma una obra anterior del mismo autor. Si ahora ha sido la piedra y el cristal, antaño fue el agua. Muy pocos escritores han sabido poner letras tan precisas y brillantes sobre las corrientes fluviales como Pedro a los ríos leoneses.

Barro, piedra, oro y plomo enuncian por este orden los cuatro tiempos del texto. El barro es el aluvión de mozárabes que huyen de la persecución fundamentalista hacia tierra de nadie, trayendo nuevas artes en el canto y en la construcción religiosos. La seguridad del asentamiento hace al cristiano sustituir el adobe y el tapial por piedra de sillería en torres enhiestas, como cipreses, para mostrar la altura de su fe. Y luego actúan los orfebres, plateros, pintores, escultores, imagineros, artistas que llenan el interior de altares y capillas de santos, santas, tablas y frescos de escenas bíblicas. Por último, es el tiempo de los plomeros y cristaleros cubriendo los vanos con grandes y coloridos ventanales para que ningún cristiano se anticipe a Goethe susurrando al filo de la muerte: «luz, más luz». Y en este discurso literario no falta el homenaje al músculo de canteros, carpinteros y acemileros, para los que el libreto toma prestado el verso del hermano luso Zeca Afonso: «O povo é que mais ordena».

Todo ello instrumentado, por momentos, de fuerte intensidad emotiva, en los que uno descubre, o pretende descubrir, ecos del Cármina Burana, además de algún oratorio clásico. Tan solo recuerdo un acontecimiento similar en importancia acontecido en Léon. Aquel que tuvo como marco, precisamente, la pulcra, a últimos de diciembre de 1971, cuando la Capilla Clásica de 80 cantores —acompañados por la Antigua Orquesta Filarmónica de la Ciudad de Oviedo, si la memoria no me falla—, bajo la batuta de Adolfo Gutiérrez Viejo y la actuación de la soprano Annick Walter y otros solistas venidos de fuera, interpretaron, gracias al patrocinio de Castelblanch y otros apoyos, el sublime Oratorio de Navidad, de Juan Sebastián Bach.

Con licencia y para que conste a todos los efectos a que pudiera dar lugar, el 1 de marzo de 2014 muchos estuvimos allí, en el Auditorio Ciudad de León. Era sábado. Casi lo llenamos. Fuera hacía frío y discurría el jolgorio carnavalesco. La catedral de cristal nos fue dejando en el ánimo una huella indeleble de gozo y esperanza. Parabienes: Igor, Pedro…y todos los que pusisteis vuestro saber y laborasteis de lo lindo para hacernos sentir por instantes que, pese a Siria, Ucrania, las cuchillas, las pateras, el IVA cultural… y demás miserias mundanas de todos los días, este no es el peor de los mundos posibles, al menos para que no lo pareciese.

   
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