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FUEGO AMIGO

Un obispo masacrado

 

ERNESTO ESCAPA
09/09/2017

El pasado jueves se cumplieron 90 años del nombramiento como obispo de don Fidel García Martínez (1880-1973), un omañés de Soto y Amío envilecido por la dictadura de Franco. El escenario escogido para la venganza fue el Congreso Eucarístico de Barcelona, primer evento internacional de la posguerra en España. De la celebración quedó el fervorín del himno, escrito por Pemán y muy entonado en las liturgias preconciliares: De rodillas, Señor, ante el sagrario. Participaron trescientos mil congresistas de 77 países y en el estadio de Montjuich se ordenaron cientos de presbíteros apadrinados por Franco y la Collares.

Tan alta ocasión fue aprovechada para devolver al obispo omañés la afrenta recibida en 1942, cuando acusó en una instrucción pastoral a Hitler y a sus secuaces españoles de racistas y anticristianos. A partir de ahí, los vicarios del nazismo le arrojaron el pringue de la ignominia. Porque don Fidel descalifica sin ambages los elogios domésticos a los nazis. Luego mostró su desdén por el referéndum de Sucesión, provocando una implacable campaña de descrédito en la Gestapo carpetovetónica, que hurgó donde más dolía, presentando al obispo como rumboso mujeriego que gastaba en lujos y orgías los caudales piadosos. Sin cejar en el empuje de la infamia.

Durante el Congreso Eucarístico, el obispo don Fidel fue víctima de una sucia emboscada. Una llamada anónima reclamando urgente auxilio espiritual lo llevó hasta un camuflado burdel, donde fue fotografiado por la policía. El montaje dio frutos inmediatos. Un atestado acusándole de dilapidar los fondos diocesanos en alegrías carnales, la connivencia del arzobispo Modrego y el filtro venenoso del chismorreo acabaron con su capacidad de resistencia. Don Fidel renunció al obispado y se retiró con los jesuitas en Oña y luego en Deusto. En los sesenta, con el orgullo de quien se sabe inocente y solvente, brilló en la legación española al Concilio Vaticano II, mientras el franquismo le ofrecía una reparación silenciosa, que despreció.

Fraga recoge en sus memorias una confidencia de Franco sobre aquel sucio montaje. Lo hablan sin contrición, como una salpicadura más de su tránsito por la ciénaga de la dictadura. Tampoco la Iglesia oficial (incluido Tarancón) mostró el mínimo atisbo de pesar por aquella felonía. Pasaron los años y fue prevaleciendo, en testimonios memoriales como el de Ramón Carnicer (su confidente, el comisario Rois Froján, se disparó un tiro de remordimiento en la barriga, que acabó con su vida en el otoño de 1975) o en biógrafos de acarreo como Preston, la versión pestilente. La tesis de la alcaldesa socialista de Calahorra María Antonia San Felipe y el libro del magistrado Iturmendi contribuyeron a esclarecer la verdad.

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