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MARINERO DE RÍO

Del odio y los mocos

 

EMILIO GANCEDO
03/12/2018

Un hombre se ha sonado la nariz con una bandera en un programa de televisión. La ha usado de moquero, como lo llamaban antes los paisanos. Si lo hubiera hecho con casi cualquier otro objeto —una pasmina, un calcetín, una estufa de propano— no hubiera pasado nada, pero tuvo que ser con una bandera. Y no hablamos de una bandera cualquiera sino de la actual bandera de España, con todo su rojo y todo su gualda, y todo su escudo coronado en medio. Podemos discutir la gracia del asunto. Bueno, no, no podemos discutirla. Habrá gente que le haga gracia y gente que no, lo mismo que hay gente que adora los libros de Ken Follett y otra que no pueden soportarlos. Así es el humor y así es la creación.

En 1977, Tony Leblanc salió al escenario y sin apenas cambiar el gesto procedió a pelar, partir y comerse —entera— una manzana. El público acabó muerto de risa. ¿Por qué? No se sabe. Y gracias al cielo que no se sepa, porque ese es el misterio de algo tan inaprensible, tan instintivo y tan necesario como el humor.

Desde que el mundo es mundo han sido los bufones, los saltimbanquis y los payasos los que han puesto al poder de vuelta y media, los que se han reído y han hecho reír a la gente de lo aparentemente serio, de lo aparentemente solemne, de los que manejan los hilos del guiñol del mundo: han venido mostrando que todos somos humanos, que todos tenemos mocos y que una bandera es, en el fondo, un trapo teñido de colores.

Dani Mateo, el humorista, el payaso, el saltimbanqui, vendrá a actuar a León. Digo yo que, quien no quiera verlo, pues que no vaya. Pero el hecho de que un grupo de personas esté reuniendo firmas para que —textual— se «paralice» el show del cómico es muy elocuente de la ola de fanatismo, intolerancia y censura que progresa de un modo más que alarmante, de la involución que vivimos en muchos ámbitos. Por tanto, dejemos a los payasos hacer su trabajo, que es sanísimo, y pongamos el mismo empeño en criticar, señalar y «paralizar» a los defraudadores, a los corruptos y a los maltratadores. Eso sí que sería servir al país.

Dijo el escritor israelí Amos Oz: «Nunca he visto a un fanático con sentido del humor, ni a nadie con sentido del humor que sea un fanático». A-a-¡atchís!

   
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